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Chapter 6

Negocios en crisis

La noche había caído como una manta oscura sobre la ciudad, y desde la ventana del despacho de Alba, las luces de neón se filtraban entre edificios que parecían competir en altivez y frialdad. El silencio apenas se interrumpía por el zumbido lejano del tráfico, pero dentro, la tormenta rugía sin pausa.

Alba se recostó en la silla de cuero, el respaldo crujió bajo su peso, mientras sus dedos temblorosos repasaban una y otra vez el mismo contrato sobre la mesa. Los términos, las cláusulas, los nombres; todo parecía un laberinto que ahora la atrapaba con pinzas de acero.

—No puedo creer que lleguemos a este punto —murmuró, su voz quebrada apenas un susurro.

Su reflejo en el cristal mostraba unas ojeras profundas, las líneas de preocupación marcadas con la precisión de un bisturí. Aquella sonrisa siniestra de Iván no la abandonaba. Se sentó al borde de la mesa, clavando la mirada en los números fríos que anunciaban la ruina: balances desfavorables, moras crecientes, proveedores que comenzaban a desconfiar.

Un golpe seco la arrancó de sus pensamientos. La puerta se abrió y entró Carla, su asistente, con el rostro opaco, la preocupación tallada en cada arruga.

—Alba —dijo con voz urgente—, acaban de llamar de Varela & Asociados. La auditoría... los resultados preliminares no son buenos. Van a exigir una revisión completa la semana que viene.

Alba tragó saliva, sintiendo ese nudo agrandarse en su estómago. La empresa familiar, el legado que su abuelo había construido con sudor, estaba a punto de romperse en pedazos.

—¿Y los inversionistas? ¿Han dicho algo? —preguntó sin dejar de mirar los papeles.

Carla apretó los labios.

—Silencio absoluto. Y con lo que escuché de la reunión del consejo, Iván está presionando para acelerar las negociaciones. Quiere tomar el control y no tendrá piedad si algo se interpone.

Un escalofrío recorrió a Alba, pero no de miedo. Más bien de determinación. Sabía que Iván jugaba con tretas y cartas marcadas, pero también sabía que detrás de su máscara afilada había un hombre con sed de revancha. Y ella, atrapada entre secretos que debían permanecer enterrados, era su blanco perfecto.

La puerta volvió a abrirse, esta vez para dar paso a Marcelo, su esposo de conveniencia, con el típico paso firme y la mirada helada que escondía un océano de emociones reprimidas.

—Me han informado los números —dijo antes de que Alba pudiera hablar—. Estamos en la cuerda floja.

Alba fijó en él unos ojos cargados de reproche y miedo.

—Esto no es solo un problema financiero... es personal. Iván no solo quiere la empresa, quiere destruirnos.

Marcelo asintió, cruzándose de brazos.

—Y si te soy sincero, no sé si podemos confiar en nadie. Ni siquiera en nosotros.

El ambiente se volvió más denso. En esa pequeña sala, dos almas rotas coexistían entre un silencio tenso que sabía a promesas a medias y verdades ocultas.

—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Alba, la voz más firme de lo que se sentía.

Él la miró fijamente, como sopesando cada palabra.

—Negociar con Iván, sí. Pero con inteligencia. Necesitamos encontrar una grieta en su armadura, algo que usar a nuestro favor.

Alba sonrió con amargura, mientras un temblor recorrió su mandíbula. La idea de aferrarse a ese filo tan delgado la aterraba. Porque si Iván descubría lo que ella guardaba, el poco poder que les quedaba se evaporaría en un instante.

Las luces del despacho parpadearon, dejándolos por un instante a media sombra, y un pensamiento oscuro pesó en la mente de Alba: ¿podría realmente sostener todos esos secretos y al mismo tiempo salvar un imperio que amenazaba con desmoronarse?

El teléfono sobre la mesa emitió un timbrazo estridente. Alba dudó un segundo, considerando si ignorarlo, pero finalmente se levantó y extendió la mano con una mezcla de ansiedad y desafío.

Al descolgar, una voz desconocida atravesó la línea, baja y amenazante, como si la verdad quisiera ahogarla en palabras no dichas.

—Sé lo que ocultas, Alba. No pretendas que esto sea un juego de poder solo entre ellos. Tu secreto puede ser la última carta. ¿Estás segura de querer seguir apostando?

Un helor invadió su pecho. Cerró los ojos un instante y sostuvo el auricular con fuerza, intentando no dejarse vencer por ese puñal invisible.

—No voy a permitir que destruyan todo lo que amamos —contestó con voz temblorosa, pero decidida—. Ni siquiera tú.

Dejó el teléfono con un golpe seco y una determinación renovada.

Pero en el fondo, una pregunta persistía: ¿podría realmente esconder lo que ella misma apenas se atrevía a aceptar?

El contrato estaba firmado, el tablero dispuesto, y la partida no hacía más que empezar.