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Chapter 5

La amenaza de Iván

El eco de aquella mirada todavía vibraba en el aire. Alba cerró la puerta tras de sí con un movimiento brusco, la cerradura resuena como un latido acelerado en la quietud de su oficina. El ambiente olía a café frío y a promesas quebradas, y en su pecho una mezcla amarga de miedo y determinación luchaba por abrirse paso. Su reflejo en el cristal de la ventana le devolvía una mujer que ya no reconocía del todo; los ojos, antes llenos de luz creativa, ahora eran islas de sombra.

Se dejó caer en la silla detrás del escritorio, los dedos tamborileando torpemente sobre la madera pulida. La tormenta emocional no era solo por Iván. Era todo lo que él representaba: un vendaval implacable que amenazaba con destruir aquello que ella juró proteger. Su familia, la empresa, y sobre todo, ese secreto que pesaba sobre sus hombros como un albatros invisible.

Una notificación interrumpió la maraña de pensamientos: un mensaje de texto en su teléfono. El nombre no era familiar, pero el pulso de su corazón se aceleró antes incluso de leer.

“No confíes en nadie. Está más cerca de lo que crees.”

Era tan breve como amenazante. Sin remitente. Sin firmas. Solo esas palabras que abrirían todas las puertas equivocadas.

Alba apretó el móvil con fuerza, el plástico frío quemándole la palma. El silencio en la oficina se volvió opresivo, como si las paredes mismas susurrasen secretos que ella no estaba lista para oír. Imposible no pensar en Iván.

—Iván...—susurró al vacío, como si nombrarlo pudiera convocar al enemigo.

Su móvil vibró otra vez. Esta vez un correo electrónico. Por instinto, abrió el mensaje.

Fotos. Imágenes borrosas y manchas de luz: Iván entrando en el almacén de la joyería a escondidas, conversando a media voz con alguien que Alba no podía identificar. Pero lo peor no eran las fotos. Era ese documento adjunto. Contratos firmados con nombres que sonaban a veneno: proveedores no autorizados, cuentas falsas, movimientos de dinero hacia paraísos fiscales.

Una conspiración en toda regla.

Las manos de Alba temblaban mientras escaneaba cada línea, cada cifra. Su corazón golpeaba su pecho como un tambor de guerra. “¿Cómo pudo?” La pregunta retumbaba sin respuesta.

El teléfono sonó, y el timbre áspero cortó el peso del momento. Con una mezcla de aprensión y necesidad, contestó.

— ¿Hola? —su voz sonaba extrañamente débil.

Una risa cortante y baja respondió del otro lado.

—No esperaba que fueras tan lista, Alba.—La voz era familiar y venenosa—. Pero no sabes con quién te estás metiendo.

Su mandíbula se tensó. Sabía quién era.

—Iván. ¿Qué quieres de nosotros?

—Lo que siempre quise. Lo que nos pertenece por derecho. Y esta vez, nada ni nadie me detendrá.—El tono era una promesa de tormenta.

Antes de que pudiera decir algo más, la llamada se cortó. El pulso de Alba latía en sus oídos, y un ápice de terror heló su interior. No era solo un juego de poder. Era una guerra en la que ella no podía permitirse perder.

Un rápido golpe en la puerta la sacó de su trance. Era Marcelo, su socio y alguien que ya se había convertido en un escudo en esta batalla invisible.

—Alba, ¿segura que vas a manejar esto sola?—preguntó, con su voz grave cargada de preocupación.

Ella negó, aunque sabía que la respuesta no era tan simple.

—No tengo opción, Marcelo. Es Iván o nosotros. Debemos adelantarnos.

Los ojos de Marcelo se posaron en la pila de papeles y fotos sobre su escritorio, la evidencia que hablaba más alto que cualquier palabra.

—Entonces hagámoslo inteligente. Pero tiempo no tenemos.—Una pausa, luego un suspiro—. Te ayudaré en todo lo que pueda.

Alba quiso creerle, pero la sombra de la traición la acechaba incluso en la confianza construida.

Esa noche, mientras la ciudad brillaba con un falso destello de seguridad, Iván cruzaba sus propios laberintos internos. Oculto tras una cortina oscura en una terraza alta, sus ojos destellaban con la fría determinación de un depredador.

—Pronto caerán —murmuró, incrustando ese silencio con la promesa de destrucción—. Y cuando lo hagan, yo seré el único que quede de pie.

Sus dedos repasaron un teléfono móvil repleto de archivos y contactos, piezas de una maquinaria que apenas comenzaba a moverse.

Desde las sombras, Iván observó en dirección al rascacielos donde Alba y Marcelo tejían sus estrategias. Un paso adelante, y el juego cambiaría para siempre. Pero en ese instante, mientras el viento arrastraba sus susurros, una sonrisa siniestra asomó en sus labios.

Porque en esta partida, el amor y la lealtad no eran más que cartas que él estaba dispuesto a quemar.