Chapter 4
El eco del timbrazo se desvaneció, pero en la sala quedó una vibración casi palpable, como si el silencio mismo hubiera absorbido la electricidad que flotaba en el aire.
Alba apretó los dedos contra el borde de la mesa de cristal, el pulso retumbándole en las sienes. A su lado, Marcelo la observaba con la mirada fija, esa expresión indecible que daba la impresión de que estaba midiendo cada palabra, cada leve movimiento suyo.
—¿Quieres que conteste? —su voz emergió rasposa, como si la gravedad de la llamada hubiera enmudecido su habitual seguridad.
Ella negó con la cabeza, aunque no apartó los ojos del umbral por donde la sombra de quien llamaba podría aparecer en cualquier momento.
La cena, que comenzó con un tenue roce de vasos y mantel doblado con cuidado, ahora se había convertido en un campo minado invisible.
Marcelo tomó la copa de vino entre las manos y giró sutilmente el líquido oscuro. Había un brillo confuso en sus ojos, algo que Alba no pudo definir: ¿temor, desconcierto, cálculo?
El aroma a jazmín que flotaba desde el centro de mesa se mezclaba con el tenue humo que escapaba de una vela, y se colaban hasta sus narices como un recordatorio de la fragilidad de todo aquello.
—Esto... no era lo que esperaba —dijo Marcelo, su voz bajando al borde del susurro—. Pensé que... ya sabes, que todo sería más fácil.
Alba lo miró con el ceño fruncido, notando un temblor casi imperceptible en su mandíbula.
—Ninguna situación real es fácil, Marcelo —respondió ella, tratando de evitar que la desesperación se apoderara de su tono—. Mucho menos cuando tus enemigos están tan cerca como tus aliados.
Sus palabras colisionaron en la habitación, dejando un sabor amargo que se mezcló con la acidez del vino.
Él apoyó una mano en la mesa, sus dedos recorriendo una línea invisible entre ellos. La respiración de ambos se congeló por un instante, capturados en una tensión que iba más allá de la incertidumbre.
—Creo que no conoces la mitad de lo que está en juego —dijo Marcelo, su voz más firme, cargada de un peligro velado.
Alba sintió cómo una ola de desconfianza se extendía dentro de ella. Había capítulos de su historia que no podía compartir, secretos que eran una daga oculta bajo la piel. Pero, ¿debía mostrar sus cartas ahora, sin garantía de que él fuera un aliado?
—Hay cosas que no puedes imaginar, Marcelo. Cosas que nadie debe descubrir —musitó, con la mirada fija en las grietas del piso cerámico.
Un vacío pesado se formó entre ellos, un precipicio invisible y oscuro que parecía ready para tragarlos a ambos.
El sonido de la puerta al abrirse les hizo alzar la vista bruscamente. Una figura apareció en el umbral, envuelta en un abrigo largo, la sombra de su rostro amparada por la penumbra del pasillo.
Alba sintió el estómago revolverse. Esa presencia no traía alivio ni soluciones. Era una amenaza silenciosa, una pieza más en el tablero que complicaba aún más su huida hacia adelante.
La figura avanzó hasta detenerse, dejando caer su abrigo con un golpe sordo sobre una silla cercana.
—No esperaba que esto se pusiera tan íntimo tan pronto —la voz, baja y cáustica, rompió la tensión como un látigo sobre la piel—. Pero supongo que lo importante ahora es saber con quién estás realmente, Alba.
Marcelo tensó los músculos, como si la amenaza en esas palabras se clavara directo en sus nervios.
—Iván —pronunció el nombre con una mezcla de desdén y advertencia, sin apartar los ojos del recién llegado—. Siempre tan oportuno.
Iván Santoro esbozó una sonrisa gélida que no alcanzó a llegarle a los ojos. El ambiente se espesó aún más, cargado de promesas veladas y viejas rencillas.
—¿Creías que podía quedarme al margen mientras ustedes jugaban con lo que me pertenece? —El tono de Iván era una daga lanzada con cálculo frío—. Esto apenas comienza.
Alba sintió cómo un escalofrío le recorría la columna vertebral. Las piezas estaban puestas sobre la mesa, y nadie retorcía la mano para ofrecer treguas.
Marcelo se levantó lentamente, la silla chirrió contra el suelo hasta detenerse.
—Si esto va a ser una guerra, quiero que sepas, Alba —dijo, mirando fijo a Iván y luego a ella—, que no pienso quedarme de brazos cruzados.
Sus palabras retumbaron en la habitación, un juramento grabado en el aire denso.
Alba se permitió un fugaz intercambio de miradas con Marcelo, un destello apenas perceptible pero lleno de promesas y amenazas al mismo tiempo.
Iván los miró a ambos y, con una última sonrisa ladina, se dispuso a dejar la habitación, prometiendo un regreso que nadie deseaba pero todos esperaban.
Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó, esta vez con un peso insoportable y un futuro incierto colgando sobre sus cabezas.
Alba y Marcelo permanecieron frente a frente, conscientes de que aquella cena no había hecho más que encender la llama de conflictos aún mayores.
Y en esa mirada compartida, tensa y cargada de todo lo que estaba por venir, se dibujó un inevitable destino: un juego de alianzas y traiciones donde el corazón sería solo una ficha más en la partida.