Chapter 3
El teléfono vibró una vez más, insistente, como una llamada que se niega a morir en la oscuridad de la habitación. Alba tragó saliva, sus dedos temblorosos rozando la pantalla deslizando la última notificación, pero decidió ignorarla. Cerró los ojos y aspiró con fuerza, tratando de partirse en mil pedazos para desvanecer la opresión que comprimía su pecho.
Cada latido era un tambor sordo que resonaba en su oído, recordándole que en pocas horas firmaría un contrato que no solo desataría un caos en su vida, sino que también le encadenaría a un hombre cuyo nombre era sinónimo de amenazas disfrazadas de promesas. Iván Santoro. Ese nombre era una sombra que ya estaba entre ellos, latiendo en el aire sin que se atrevieran a mencionarlo en voz alta.
El reloj de pared marcaba las nueve cuando Marcelo apareció en el umbral del despacho. Sus ojos, intensos y rebosantes de determinación, cortaron la penumbra. Cargaba un maletín negro, desgastado por los años de negociaciones y traiciones en el mundo que ambos ahora pisaban con pies cautelosos.
—¿Lista? —su voz fue un susurro áspero, cargado de la carga que compartían en ese instante.
Alba asintió, incapaz de articular palabra. Tenía la garganta seca, la piel erizada por la presencia que se sentía más tangible, más pesada que el aire mismo.
Se sentaron frente a frente en aquella mesa de madera noble que parecía resonar con ecos de decisiones tomadas y sueños rotos. El papel del contrato brillaba bajo la luz fría del escritorio, invitándolos a un pacto sin retorno.
Marcelo deslizó la carpeta y sacó una pluma que parecía un arma antigua, apuntando la tinta a la espera de testimoniar aquello que ninguno olvidaría.
—Esto no es solo un documento —dijo él, su voz quebrándose casi en un suspiro—. Es el inicio de todo lo que estamos dispuestos a arriesgar.
Alba tomó la pluma, el peso metálico frío como el filo de una verdad que dolería de ahora en adelante. Su mirada se posó en la primera cláusula, donde la legalidad de su unión se entrelazaba con la salvación de la empresa y las cadenas invisibles que la ataban a Marcelo de forma irrevocable.
Mientras leía cada palabra, su corazón se aceleraba, golpeando entre sus costillas con la fuerza de un tambor de guerra. No solo estaban soldando sus fortunas y responsabilidades, sino también sus miedos, sus recuerdos y las heridas que ambos ocultaban bajo la piel.
Un silencio tenso se instaló en la habitación. Solo el susurro del bolígrafo al deslizarse sobre el papel rompía la quietud.
Finalmente, Alba apoyó la firma con una caligrafía firme que sorprendió incluso a ella misma. Marcelo imitando su gesto, completó el acto que los unía en un futuro incierto.
El clic del bolígrafo al cerrar su capuchón fue como un disparo en el pecho de ambos.
Entonces, con un movimiento lento, Marcelo deslizó hacia ella las últimas páginas del contrato.
—Hay una cláusula que no se mencionó antes... —su voz bajó aún más, venenosa—. Una cláusula que podría cambiarlo todo.
Alba sintió el frío de un escalofrío recorrerle la espalda mientras sus ojos trazaban las letras ocultas entre el cuerpo del documento. Una firma, un destino, un secreto.
Y entonces, justo cuando la tensión parecía hecha de cristal a punto de romperse, el timbre de la puerta sonó, resonando fuerte y cortante.
¿Quién llamaba a ese instante? ¿Y qué sombra traería junto a ella?
Un silencio mortal se apoderó del aire mientras ambos alzaban la vista, atrapados en el abismo entre lo que había sido y lo que estaba por venir.