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Chapter 2

Secretos bajo llave

El eco de la puerta cerrándose detrás de Iván aún vibraba en el aire cuando Alba sintió cómo un sudor frío le recorría la nuca, erizándola hasta los huesos. El olor a madera barnizada y piel lo envolvía, mezclando la fragancia de su perfume —un jazmín delicado, tenue— con el aroma masculino que acababa de abandonar la habitación.

Sus manos temblaron, pero no del frío. Cerró los ojos un instante, intentando anclar su respiración. El contrato, la alianza no pedida, el peso invisible de una decisión que podría quebrarla. Su mirada se posó sobre el escritorio donde yacía el documento, con aquella tinta negra que parecía dibujar su futuro a golpes, sin concesiones.

—No puedo creer que esto esté pasando —susurró, más para ella que para nadie—. ¿Un matrimonio de conveniencia? ¿Entre nosotros?

El silencio respondió, frío e implacable. Se acercó y tomó el contrato con manos inseguras pero decididas. Cada palabra le arañaba la piel, recordándole que Lydia, su madre, la había empujado hasta este borde sin retorno. Y aquel hombre, Iván Santoro, con su mirada de acero y sonrisa cómplice, representaba un mundo que ella siempre había temido.

Un sonido sutil la sacó de su ensimismamiento. El timbre del móvil vibrando sobre la mesa le hizo saltar el corazón en el costado. Un mensaje. Lo leyó, y el aire pareció vaciarse de repente.

«Sé lo que ocultas. Y si no firmas, todo saldrá a la luz.»

El pulso le holló la garganta. Sus dedos se aferraron con fuerza al teléfono, la pantalla iluminando su rostro en penumbra.

—¿Quién eres? —murmuró, temblando—. ¿Cómo sabes todo?

El silencio de la habitación pesaba como una losa, pero en aquella amenaza había una confianza escalofriante, como si alguien la estuviese observando desde la sombra, esperando un movimiento en falso.

Alba se levantó de un brinco, recorriendo la ventana que daba a la ciudad. Miles de luces titilaban en la noche, reflejando un universo frío, indiferente, donde todos jugaban con máscaras y cuchillos invisibles.

Quiso creer que Iván era solo un enemigo más, que el contrato era su única condena. Pero el mensaje era una bala directa a su corazón vulnerable.

Cuando una llamada entró sin aviso, con un número desconocido, Alba dudó, tragándose un nudo de pánico.

—¿Alba? —la voz al otro lado sonó cadenciosa, con un dejo de ironía—. Pareces atrapada en una red que ni tu familia conoce.

Un escalofrío le recorrió la columna. Su secreto no solo estaba peligroso; ahora estaba vivo, acechándola desde las sombras.

«Secretos bajo llave», pensó, como si aquella frase la condenara.

De repente, una familiar voz resonó en su memoria. Iván, su enemigo, su posible socio y esposo impuesto, también tenía sus propias cadenas. Las palabras que pronunció antes de irse:

—Nadie conoce mis secretos, Alba. Quizás eso sea lo que nos une.

Un ruido seco la sobresaltó. En la puerta, una pequeña ranura de luz se abrió, y un sobre fue deslizado bajo el umbral. Su corazón golpeó con violencia, temblando en sus manos mientras recogía el papel arrugado.

Dentro, una sola línea escrita con tinta negra y temblorosa:

«Si quieres salvar lo que amas, no te fíes de nadie.»

La noche, hasta entonces guarda silenciosa, tomó un matiz amenazante, y Alba entendió que había ingresado a un juego mucho más oscuro y complejo que un simple contrato.

Con la vista perdida en la ciudad luminosa y fría, susurró a la oscuridad:

—¿Quién está moviendo las piezas realmente? ¿Y hasta dónde estoy dispuesta a llegar para protegerlo todo?

Un golpe seco y repetido contra la madera sacudió la puerta, seguido de una voz baja y firme al otro lado.

—Alba, abre. Necesitamos hablar.

El corazón le estallaba en el pecho. ¿Era otra amenaza? ¿Era Iván? ¿O alguien aún más peligroso esperando en la penumbra?

El silencio volvió a envolverse en la estancia, separándola entre lo que era seguro y lo que estaba por descubrir.

El contrato ya no era solo un papel. Era un laberinto de sombras donde ella podía perderlo todo… o encontrar una verdad que había olvidado detrás de las máscaras y las mentiras.

La puerta seguía sin abrirse. El teléfono volvió a vibrar. Y el secreto más oscuro de Alba esperaba, paciente, ser descubierto.