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Chapter 16

El Precio de la Lealtad

Capítulo 16: El Precio de la Lealtad

El pulsar siniestro de la alarma hacía vibrar los cristales del piso cuarenta y dos. Una luz roja y brutal teñía las paredes metálicas, como si la ciudad entera estuviera respirando bajo la piel del edificio. Alejandro sintió cómo el sudor le empapaba la frente, goteando lentamente por la línea de su mandíbula. El sistema en su pierna zumbaba, indicándole que algo—o alguien—ya había atravesado la primera barrera de seguridad.

Frente a él, la silueta de Arturo, su mentor y bastión indiscutible, permanecía firme contra un muro lateral. La piel de su rostro, normalmente firme y serena, ahora mostraba pequeñas grietas: los ojos cargados de una mezcla de preocupación y resolución, el ceño fruncido intentando contener una tormenta interna.

“¿Estás seguro…?” Alejandro avanzó unos pasos, las manos temblorosas pero aferradas a la empuñadura del cuchillo retráctil que nunca solía abandonar.

Arturo no respondió al instante. Su mirada se perdía en el pasillo que daba al vestíbulo principal, ahora envuelto en un zumbido eléctrico y la sombra que delataba la inminencia del enemigo. Tras unos segundos de tenso silencio, dijo con voz áspera: “Si no protegemos este lugar, perderemos todo. Pero también debes proteger a… ellos.”

Alejandro tragó saliva, sintiendo cómo cada palabra de Arturo se clavaba en su pecho como una daga invisible.

“A veces”, continuó con voz grave, “el precio de la lealtad no es elección… es condena.”

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, mientras afuera el suelo vibraba con pasos mercenarios y el eco distante de un motor desconocido que cortaba cualquier rastro de calma. Alejandro podía escuchar el susurro sibilante del viento traicionar presencias acechantes: la herida abierta por el portal venía acompañada de pesadillas.

—¿A quién protejo primero? —la pregunta rozaba los labios como un lamento contenido.

Arturo se volvió con rapidez, su mano izquierda sacó un dispositivo triangular de la chaqueta. Una luz azul comenzó a parpadear frenética. “Mensaje de Evelyn.” Un escalofrío le recorrió la espalda a Alejandro. La femme fatal que había dirigido las piezas de ese tablero macabro con fría precisión, la mujer que había declarado la guerra con sus ojos sin parpadear.

El mensaje apareció en el aire proyectado en holograma: una voz mecánica, implacable, sin rastro de humanidad.

“Has sido una molestia, Alejandro Rivas. Esta vez, no habrá rescate ni negociación. Tus aliados... caerán primero. Tu mentor, después. Decide rápido.”

El brillo rojo del mensaje cortó la calma como un cuchillo. Alejandro sintió que el sudor le invadía las palmas. Articulo dejó caer el dispositivo con un sonido metálico que retumbó en la habitación.

—Es una trampa —murmuró—. Sabe que no podemos dividirnos… y aún así pretende que elijamos.

Un estremecimiento recorrió el pasillo cuando un estruendo violento sacudió las gruesas puertas de entrada. La seguridad se había visto quebrada y solo quedaban segundos para actuar.

La voz de Arturo se tornó urgente. “Tengo un plan, pero necesito que confíes en mí. No podemos dejar que Evelyn manipule esta ciudad como un tablero. Si caigo aquí, la resistencia se derrumbará.”

“¿Y si caes tú, Arturo? ¿Quién nos guiará?”

Los ojos del mentor brillaron con una ferocidad inesperada, dejando entrever un pasado marcado por sacrificios y traiciones. “Entonces... dirígelo tú. Pero primero... protege a los que dependen de ti.”

El sonido de pasos corriendo se acercaba por el corredor. Alejandro giró, su mirada atrapó a Laura y a Mateo, sus nuevos compañeros, hombro con hombro, viendo al frente con una mezcla de miedo y determinación. Era un ejército de desamparados y soñadores, pero ellos creían en él. Y eso hacía que la decisión pesara como una cadena invisible, arrastrándolo hacia su destino.

—Ve —ordenó Arturo con voz áspera—. Lleva a Laura y Mateo a los pisos inferiores. Allí hay un refugio seguro por ahora. Luego volveré por ti.

Alejandro las dudas le quemaban las entrañas como un fuego lento que amenazaba con consumirlo. Quería desafiar esa orden, romper el plan, pero el pulso acelerado del sistema en su pierna le recordó la realidad: no podía salvar a todos.

Sin pensarlo más, agarró a Laura del brazo y Mateo de un hombro. Los tres comenzaron a moverse rápidamente por el estrecho pasillo, cada pisada un ruido latente que reverberaba en sus nervios.

Atrás, la voz de Arturo gritaba instrucciones de coordinación, cada palabra un bastón para sostener la resistencia.

La sensación de estar dejando una parte de su alma agotaba a Alejandro. Rotos fragmentos de memoria flotaron en su mente: las noches en callejones con Arturo enseñándole a sobrevivir, las veces que sus aliados le habían salvado la vida, la ira cruda por el sistema que lo había condenado a ese mundo.

De repente, justo cuando el grupo llegó al ascensor de emergencia, un estrépito sordo retumbó como un volcán despierto. La puerta del vestíbulo se colapsó. Figuras emergieron del humo y la oscuridad; militares con armaduras de placas negras, pero sus ojos disparaban una luz roja inquietante, inhumana.

—¡Es un ataque! —Laura gritó, mientras apretaba el brazo de Alejandro.

Los hombres y mujeres armados comenzaron a disparar, tiros que atravesaban el metal con chispas que volaban como luciérnagas muertas.

Mateo tiró a Alejandro hacia atrás, esquivando un proyectil que rompió la pared. “¡Tenemos que irnos ahora!”

Alejandro sintió un frío intenso que le recorrió la espina dorsal: no eran simples soldados. Eran agentes del mismo sistema que llevaba peleando por descifrar, los instrumentos de Evelyn para borrar todo rastro de su existencia.

La elección de proteger a Arturo o a sus amigos se había transformado en una cadena de dolor y rabia que se cerraba rápidamente a su alrededor.

El ascensor se abrió con un chirrido mecánico, pero el corredor se inundó con una figura que emergía de la penumbra.

—¡No dejéis que escapen! —la orden cortó el aire y un calor oscuro subió a la garganta de Alejandro.

El líder del ataque, una mujer vestida con un traje blindado reluciente y una máscara que ocultaba su rostro, avanzaba con paso firme hacia ellos.

Por un instante, sus ojos se encontraron: un brillo gélido, una promesa muda de destrucción.

¿Qué precio estaba dispuesto a pagar Alejandro por su lealtad? La respuesta quizá no llegaría a tiempo.

El estruendo de la batalla se convirtió en un rugido. Una bala silbó demasiado cerca y el mundo vaciló.

Y en ese momento, justo antes de que el caos estallara, la figura de Arturo apareció al lado suyo, con el rostro empapado de sudor y una sonrisa amarga.

—¿Listo para luchar hasta el final, Alejandro?

El plan estaba a punto de convertirse en una sangrienta apuesta, donde solo los más despiadados sobrevivirían.

Y la puerta del ascensor se cerró lentamente... atrapándolos en un presente explosivo que no perdonaría a nadie.

Continuará…