Chapter 13
Capítulo 13 Prueba de Fuego en la Mazmorra Prohibida
El silencio pesó en el aire como una losa de concreto recién vertido. Aun cuando la luz volvió, el frío se había instalado en el pecho de Alejandro, clavando sus garras heladas en cada latido. Afuera, la metrópolis vibraba con el ritmo incansable de sus vidas, pero dentro de esa habitación opaca, donde las sombras todavía bailaban en las esquinas, solo quedaba el peso de aquel secreto que Evelyn había dejado caer.
Alejandro parpadeó, intentando disipar el mareo que le dejó la oscuridad absoluta y las palabras que resonaban en su mente: “No quiero destruir el mundo. Quiero salvarlo.” Pero, ¿en qué se traducía eso? ¿En manos de quién? ¿Bajo qué condiciones?
Un zumbido quebró la quietud, el sistema de seguridad de la sala parpadeó y volvió a la normalidad. Pero Alejandro ya no estaba allí. Estaba en sus pensamientos, navegando entre dudas y certezas difusas.
—¿Salvarlo o controlarlo? —murmuró, con la voz áspera, mientras se levantaba de la silla.
Su cuerpo temblaba. No solo por la carga emocional, sino también porque la puerta tras de sí se abrió sin previo aviso. Al otro lado, la figura de Pablo lo esperaba, delineada solo por el reflejo tenue del corredor.
—Alejandro —dijo con urgencia—, la situación se ha complicado. Evelyn no está bromeando. El Consejo debe tomar cartas en el asunto, y temo que eso signifique que tú eres el objetivo.
Un siseo recorrió la nuca de Alejandro. La sombra del peligro se acercaba desde todos los flancos, implacable y silenciosa.
—No puedo esperar a que ellos decidan —respondió con voz seca—. Tengo que actuar, necesito la prueba.
Pablo dudó un instante, pero el brillo determinado en los ojos de Alejandro no dejó espacio para la discusión.
—Sabes lo que significa eso. La Mazmorra Prohibida. Un lugar del que nadie vuelve, o al menos, no entero.
Alejandro sintió ese nudo que lo ataba a cada historia de desaparecidos, a cada rumor de almas devoradas por monstruos que desafiaban toda lógica.
—Entonces voy solo. No puedo arriesgar que alguien más quede atrapado por mí. Y si vuelvo, será porque encontré algo que nos dé ventaja. —Su voz no contenía miedo. Era un juramento.— Quiero pasar a través del fuego.
Pablo se acercó a la mesa, dejó un pequeño dispositivo que emitía un leve pulso azul.
—Esto te ayudará a localizarlos y señalarlos. Pero no esperes que sea suficiente.
Alejandro asintió, guardó el aparato en el bolsillo interno de su chaqueta y sus dedos se enroscaron inconscientemente alrededor del amuleto que le había entregado su madre hace años, ahora imborrable en su memoria.
—Gracias. —El adiós fue un susurro cargado de promesas sin palabras.
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La entrada a la Mazmorra Prohibida parecía un inmenso portal fracturado, una grieta en el suelo urbano que emanaba un frío casi sobrenatural. El aire olía a tierra húmeda, moho y algo más. Algo podrido, antiguo, que parecía arrastrar los muros consigo.
El sistema de Alejandro mostró una lectura caótica mientras descendía por la escalinata irregular. Luces de neón intermitentes iluminaban las paredes, reflejando grietas que parecían respirar, pulsar al ritmo de un corazón monstruoso.
Cada paso era un desafío para sus nervios; parecían martillos golpeándole el pecho, y el eco de sus propias pisadas se multiplicaba en un coro de advertencias.
—Vamos, no hay vuelta atrás —murmuró, frotándose las manos para conjurar un poco de calor.
Al fondo, un rugido desgarrador le estremeció hasta los huesos, como si la mazmorra misma se alimentara de miedo. Sabía que debía avanzar, pero el instinto le aconsejaba cautela.
El dispositivo vibró y se iluminó en tonos rojos. Un pulso: presencia cercana. Algo grande.
Una felpa amarga lo invadió. Se colocó la máscara que había preparado para filtrar el aire tóxico, mientras su mirada se afinaba en la oscuridad espesa.
De pronto, un movimiento fugaz a la derecha. Un par de ojos brillaron con un rojo malévolo y un cuerpo viscoso emergió entre la penumbra. No había lugar para errores.
Un salto, un giro rápido, y Alejandro sintió el roce puntual de un garra invisible. Su sistema reaccionó, desplegando una barrera etérea que absorbió el daño. El tiempo parecía dilatarse, la queja del metal oxidado, el olor acre de sangre, el sonido sordo de impactos mezclándose con su respiración entrecortada.
Gritó —un sonido visceral que no intentaba ser elegante— y lanzó una descarga de energía directamente a la criatura, que aulló y retrocedió, arrastrándose de nuevo entre las sombras.
Pero otros ecos surgían. Ecos más amenazantes. Sus sensores se saturaban de señales: la mazmorra estaba viva, y vigilaba cada uno de sus movimientos.
Cada paso era una batalla. Cada respiración, un recordatorio de que estaba solo.
Y entonces, al girar una esquina, la visión se abrió abruptamente.
Frente a él, frenando el estrecho pasaje, estaba la criatura más temida en las leyendas urbanas: el Goliat Tenebroso.
Un monstruo colosal, su piel era una amalgama de roca triturada y escamas que parecían absorber la luz a su alrededor. Dos ojos grandes y amarillentos lo miraban con una inteligencia feroz.
La boca, un abismo dentado, se abrió lentamente, liberando un rugido que hizo vibrar el suelo bajo los pies de Alejandro.
El dispositivo en su bolsillo emitió un pitido estridente. No había rutas de escape. Solo podía retroceder, y justo detrás de él, la oscuridad se comprimía.
Con la garganta seca y el pulso enloquecido, Alejandro comprendió que esa era la prueba definitiva. No solo sobrevivir. Sino escapar.
De repente, algo se movió entre las sombras al otro extremo. Un destello fugaz. ¿Amigo o enemigo?
Pero antes de poder decidir, el Goliat dio un paso adelante, bloqueando la única salida con su enorme cuerpo palpitante.
La mazmorra tenía sus ojos puestos en él. Y Alejandro Rivas, con el sistema latente dentro, estaba atrapado en la prueba de fuego.
Un instante, el silencio, y luego:
—Esto apenas empieza. —susurró Alejandro, preparando la estrategia que definiría su destino.
La oscuridad crepitó con la promesa de la carnicería.
—¿Saldré de aquí vivo? —se preguntó, mientras el monstruo avanzaba sin piedad hacia la única esperanza de libertad—.
El monstruo legendario apareció.
Y bloqueó su única salida.
———
Continuará…