Chapter 5
Capítulo 5: El Primer Enemigo
El eco de aquella voz reverberó en el interior de Elian, palpitando como un tambor en la oscuridad que lo envolvía. El aliento se le entrecortó y su piel se erizó; una lluvia tenaz comenzó a caer, dibujando surcos helados sobre su rostro cansado. Los neones revoloteaban como luciérnagas ardientes en el callejón: destellos azules, rojos y verdes se mezclaban con la humedad petrificada en las paredes de metal oxidado.
A pocos metros, una sombra se dobló tras el contenedor de basura. Elian apretó los dientes. Un ruido sordo marcó el inicio de aquella noche que no prometía tregua. Con la mano tocó el arma oculta bajo su gabardina, sintiendo el pulso frío del acero contra su piel.
De pronto, una figura emergió del velo de oscuridad, su cuerpo ancho y desproporcionado la señalaba sin palabras: un matón de los bajos fondos, con cicatrices que parecían mapas de guerras antiguas y tatuajes que clamaban lealtad a un clan rival.
—Parece que la noche te pesa, exiliado —musitó con voz áspera, como rasgando un pañuelo viejo—. ¿No estabas muerto? Dicen que el suelo te tragó, pero aquí estás... Mortificando.
Elian dio un paso adelante, la mandíbula tensa y firme. Su sistema oculto empezó a latir con intensidad, impulsando corriente de energía vital que recorría sus venas.
—Terminemos esto rápido —respondió con voz fría pero sin perder la calma.
El matón sonrió cínico, una mueca que descubrió colmillos amarillentos. Sin previo aviso lanzó una bola de metal, un proyectil burdo, que rozó el brazo de Elian, cortando un hilo de piel. La sensación del dolor fue agudizada por el sistema, que adaptaba su percepción para agudizar sensaciones: cada herida era un recordatorio, un impulso para la supervivencia.
Sin titubear, Elian esquivó con un movimiento fluido. Su cuerpo saltó hacia la derecha, impulsado por una fuerza que no podía atribuir solo a la voluntad humana, sino al receptor de aquel sistema oculto que crepitaba en sus entrañas.
El callejón se convirtió en un ring improvisado. El aire se cargó con el aroma a basura podrida, a lluvia estancada y a sudor salobre. El rival era fuerte pero tosco, su habilidad limitada a los golpes bestiales que no requerían demasiada técnica; decía estar acostumbrado a reventar huesos, no a esquivar fantasmas como Elian.
—¡Vamos, deja que te enseñe lo que es la rabia de verdad! —gruñó el hombre mientras su puño se estrellaba contra el aire, encontrando solo el vacío.
Elian contraatacó con una velocidad inhumana, producto del poder que comenzaba a dominar con confianza. Dos golpes certeros y precisos impactaron en el torso del matón, que arqueó la espalda buscando el aire que le faltaba.
Pero la pelea no era solo física. Elian envolvió su mente en un núcleo de concentración, detectando cada leve movimiento del enemigo, cada respiración suspendida, cada músculo listo para la violencia. Las sensaciones eran nítidas, casi dolorosamente claras.
Al tomar el control de la situación, con un giro ágil y una patada lateral, envió al matón al suelo, sus botas golpeando el asfalto con estrépito. El hombre jadeó, luchando por incorporarse, pero la derrota era inevitable.
En ese instante, la voz en la mente de Elian se encendió como una llamarada:
—No solo es un matón... Es una pieza en un juego mucho más grande.
El frío volvió a calar su espina dorsal cuando, entre el caos, vio un destello al otro lado del callejón.
Una figura observaba desde las sombras, cubierta con una capucha que ocultaba su identidad. Pero hubo algo en su postura, en la forma en que su mirada fulguraba bajo aquella tela, que quemó la piel de Elian como hierro candente.
No era un extraño.
Era alguien que había conocido... alguien que una vez había llamado aliado.
Elian tragó saliva, y la rabia se congeló en su garganta.
¿Podría ser posible que la traición estuviera más cerca de lo que pensaba?
Justo cuando el primer rayo de luz empezó a filtrarse entre la neblina, un golpe seco se dejó escuchar de tras de él: alguien había cerrado la puerta metálica del callejón con violencia.
Elian giró lentamente hacia el ruido, sus sentidos alertas, el corazón martillando en su pecho.
La noche ya no era amiga.
Y el enemigo real apenas comenzaba a mostrar su rostro.