NoveliqaAscenso del Exiliado: Sistema de Poder Oculto / Primer Entrenamiento en la Oscuridad :0%
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Chapter 4

Primer Entrenamiento en la Oscuridad

Capítulo 4 Primer Entrenamiento en la Oscuridad

El silencio del callejón absorbió el eco de aquella sentencia con una frialdad que cortaba la piel. Elian se quedó inmóvil, el pulso tamborileando en sus sienes, mientras la lluvia, tibia y sin prisa, comenzaba a deslizarse sobre su rostro. Cada gota era un golpe sutil, como susurros de una promesa oscura que hervía bajo su piel.

Sus dedos temblaban, no por el frío, sino por la electricidad oculta que ahora corría por sus venas. El sistema oculto… un nombre que resonaba en su mente con el peso de una sentencia y el brillo de una esperanza. No era un don, era una cadena que exigiría todo de él.

Los callejones de la metrópolis apenas brillaban bajo las luces intermitentes de neón. Un mosaico turbio de sombras y cristales rotos. Elian se dejó caer contra una pared rugosa, respirando con dificultad, como si el simple acto de respirar le robara fuerzas. Sus ojos quedaron clavados en las venas palpitantes de energía azulada que surcaban la palma de su mano derecha.

De pronto, un dolor punzante le atravesó el brazo —como si miles de agujas fuesen clavadas una tras otra— y Elian se crispó, mordiendo sin quererse a sí mismo para no gritar. La boca se le secó, la cabeza le daba vueltas; todo ese poder latente era un monstruo indomable en su interior. No había modo de controlarlo aún.

Con un esfuerzo titánico, cerró los ojos. Su respiración se ralentizó, buscando un ritmo más firme. En la oscuridad interna, la voz del Sistema apareció, etérea, nítida, casi burlona.

—Bienvenido, Guerrero Exiliado. Tu camino comienza en el abismo…

Elian abrió los ojos con un destello decidido. No había marcha atrás.

Caminó hacia el centro del callejón, donde la luz era más escasa y el silencio más pesado. Sentía que algo en aquella noche—en aquella ciudad infecta—se alineaba para ser testigo. Rodeado de muros altos, grafitis envejecidos y tuberías oxidadas, cerró el puño y concentró toda su voluntad en el sistema.

Un estruendo vibró en su mente: un conjunto de tutoriales holográficos se desplegó ante él, gráficos imposibles flotando en la negrura. Su entorno empezó a cambiar. La lluvia desapareció, reemplazada por un frío terrible, la humedad se transformó en un aire cortante, y por un instante sintió el latido frenético de su corazón ahogándose en la ansiedad.

El holograma mostraba a su cuerpo, una figura hueca sobre la que se superponían mapas musculares, puntos de energía, líneas de fuerza. El sistema marcó un objetivo: “Dominio corporal y energía oculta.”

—Para sobrevivir, debes conocer tu cuerpo más íntimamente que a tu propia sombra —la voz susurró en su mente.

Sin dudarlo, Elian comenzó el ejercicio. Pequeños movimientos: tensar un dedo, expandir la energía hasta la punta. Al principio, cada intento acababa en dolor y temblores incontrolables, su cuerpo no respondía, rebelándose contra aquella fuerza foránea.

De repente, un destello fugaz le hizo alzar la vista.

No había nada, solo negrura y paredes mugrientas. Pero un frío intenso cruzó su espalda, pulsante, frío como una daga invisible. Elian tragó saliva con dificultad y giró sobre sí mismo, con los músculos en tensión, preparado para lo que fuese.

Ningún sonido, ninguna sombra se movía. Sin embargo, la sensación no desaparecía. —Estoy solo —se repitió en voz baja, intentando racionalizar.

Otra ronda de ejercicios: respiración controlada, flexión muscular, apertura del chacra interno de energía. Su cuerpo se volvió un campo de batalla: sensaciones nuevas y extrañas emergían sin descanso. El poder crecía, pero la fatiga era inclemente.

Su paciencia, sin embargo, fue recompensada. Después de horas —o quizás minutos, el tiempo se volvió borroso—, logró mantener la energía estable en su mano por un breve lapso. La luz azulada titilaba, pero ya no le quemaba como antes. Fue un pequeño triunfo.

De pronto, una voz ronca y ronroneante rompió el silencio:

—Impresionante para un novato.

Elian saltó, la mano buscando el mango invisible de su espada, los músculos crispados. Giró con rapidez, las pupilas dilatadas, los oídos alerta.

No había nadie.

Sólo una sombra extraordinariamente delgada que se deslizaba a contraluz, pegada a la pared del edificio más cercano. Su forma era indistinta, ocultando una figura humana entre la penumbra.

—¿Quién anda ahí? —exigió Elian, su voz grave perforando la quietud. El sonido de su mecanismo de respiración parecía exagerado en el vacío.

Silencio.

La sombra permaneció inmóvil, salvo un leve movimiento, casi imperceptible, como si estudiara cada fibra de su ser.

—Si buscas pelea, es mejor que salgas ahora —advirtió Elian, sin bajar la guardia.

El aire se volvió denso, el pulso se le aceleró sin control. El sistema dentro suyo vibraba como un motor rugiente, alertando una presencia desconocida, poderosa, fría.

Un zumbido sutil, apenas audible, resonó detrás de él. Elian se giró justo a tiempo para ver un destello fugaz de negro y rojo atravesando de largo. No alcanzó a distinguir la figura, pero aquella tensión era más que amenaza: era un desafío disfrazado de sombra.

El guerrero exiliado inspiró profundamente. Su corazón latía en el pecho con fuerza de martillo. La formación apenas comenzaba, y ya el abismo llamaba.

—No estás solo en esta oscuridad —murmuró para sí, sintiendo el frío, la soledad—but also... algo más.

Pero justo cuando quiso avanzar en pos de aquel misterio, una vibración en su muñeca le indicó un mensaje entrante. Con manos firmes y ojos entrecerrados, Elian desplegó el holograma: un nombre parpadeante. “Darius Corven”.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral.

El enemigo estaba más cerca de lo que imaginaba.

El eco de la voz en su mente volvió a retumbar:

—Este poder no perdona errores, exiliado.

Y en la penumbra, la ciudad —indiferente y despiadada— esperaba.