NoveliqaAmor a Plazo Contratado: El Secreto del Multimillonario / Primera chispa :0%
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Chapter 6

Primera chispa

La música seguía sonando, persistente, como si nada hubiese ocurrido. Pero para Isabela, el mundo entero había girado un centímetro fuera de lugar. Su corazón latía con un ritmo desbocado, no por la música ni por las risas lejanas, sino por el golpe inesperado contra su brazo.

Se habían chocado. Leonardo Ríos, con esa expresión impenetrable y cejas fruncidas, se disculpaba con una rapidez nerviosa mientras bajaba la mirada para evitar la suya.

—Disculpa —dijo él, con un tono seco, un intento torpe de cortesía que no lograba ocultar su irritación.

Isabela sintió el fuego subirle por las mejillas, mezcla de irritación y un impulso brusco de querer devolverle el golpe, verbal o no. Pero el instante se rompió con un ruido contundente atrás de ellos: un camarero tropezó, derramando vino tinto por el diseño delicado de su vestido sobre el mármol pulido.

El silencio se hizo un espacio entre el murmullo. En una fracción de segundo, la mirada de Leonardo se cruzó con la de Isabela, y algo cambió. Un destello —¿duda?, ¿preocupación?— que ella nunca antes había visto en él.

Sin pensarlo, Leonardo apartó a Isabela justo cuando una ola oscura y fría fuecurrió sobre la tela, extinguiendo la elegancia del vestido que parecía una armadura.

—Maldita sea —murmuró, agarrando servilletas con manos firmes, sus ojos clavados en la mancha creciente.

Isabela, con un suspiro entre cortado y frustrado, recordó las palabras que había escuchado sobre él: calculador, frío, implacable...

Pero ahora lo veía correr para ayudarla mientras ella se quedaba allí, empapada no solo en vino, sino también en esa extraña corriente eléctrica que se había instalado entre ambos.

—No es nada —intentó atenuar, pero la voz le tembló—. Puede arreglarse.

Leonardo no respondió. Elevó la cabeza y la miró, esta vez con una expresión más suave, menos hostil.

—No es tan simple —dijo mientras señalaba el vestido con una mezcla de disgusto y rareza.

Antes de que Isabela reaccionara, la música cambió y la multitud retumbó con un nuevo vals, pero ellos dos parecían aislados del tiempo, atrapados en una burbuja invisible.

— ¿Quieres que te lleve a casa? —la voz de Leonardo era inesperadamente baja, con un matiz que Isabela no supo descifrar.

Ella alzó una ceja, sorprendida por la oferta y aún más por la duda titilante que despertaba en ella.

—¿Por qué? —preguntó, aguda, casi desconfiando.

Él se encogió de hombros sin perder la compostura.

—Porque el vestido está arruinado y, bueno... no puedo dejar que te quedes así en esta fiesta.

La risa que bromearamente quiso escaparle se ahogó. Esa simple preocupación la desarmaba más que cualquier discusión acalorada.

—Está bien —dijo al fin—. Pero no esperes que te lo agradezca.

Saliendo del Gran Salón, la fría noche de Ciudad de México los envolvió como un manto de tinta negra. El aire estaba firme y cortaba la piel descubierta de Isabela, pero además llevaba consigo algo más: una tensión palpable, un silencio incómodo que ambos trataban de romper sin éxito.

—Sabes —comenzó Leonardo con la mirada perdida en la calle iluminada por los faroles—, toda la vida me he parado delante de la gente para proteger lo mío. Pero proteger a alguien... es distinto.

Isabela se volvió hacia él con sorpresa, sintiendo que de verdad la veía, no como la pieza en un juego, sino como algo o alguien que podía cambiar el curso de su vida.

—¿Y qué hay de proteger tu corazón? —exigió, atreviéndose a acercarse un poco.

Leonardo hizo una pausa. El viento nocturno movió un mechón rebelde de su cabello mientras sus ojos se clavaban en los de ella.

—Nunca se aprende a hacerlo —admitió en un susurro casi quebrado.

Ambos quedaron paralizados por un segundo. La intimidad que se colaba entre ellos era inesperada. Sin más opción, Leonardo tomó su abrigo y se lo colocó sobre los hombros, pero el gesto se sintió diferente, cálido y protector.

—Vamos —dijo—. Iré conduciendo. Así no tendrás que preocuparte de nada más.

El camino en el auto fue un extraño y silencioso vaivén de pensamientos y emociones. Isabela no estaba acostumbrada a compartir momentos así con él y, sin embargo, cada mirada que él lanzaba al espejo retrovisor parecía contener preguntas sin respuesta.

Al detener el coche frente a su departamento, Leonardo giró hacia ella, con la mirada cargada de un peso invisible.

—Isabela —su voz era distinta, menos segura pero sincera—, esto que hacemos... ¿es solo un contrato para ti?

Ella sintió un nudo en la garganta, una mezcla de miedo y algo más profundo que no sabía nombrar.

—No lo sé —respondió, con la voz entrecortada—. Pero creo que tú tampoco.

Un silencio tenso se instaló. Antes de que pudiera añadir algo más, el teléfono de Leonardo vibró insistentemente, rompió el momento justo cuando Isabela sentía que una chispa nueva ardía entre ellos.

Esa chispa la aterraba.

¿Y si no solo era contrato?