NoveliqaAmor a Plazo Contratado: El Secreto del Multimillonario / Una alianza forzada :0%
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Chapter 5

Una alianza forzada

El zumbido tenue de las luces doradas bailaba sobre las copas de cristal, deslizándose como serpientes líquidas en los mármoles pulidos del Gran Salón de la Torre Ríos. Un murmullo constante de conversaciones, risas forzadas y el roce sutil de telas lujosas envolvía el ambiente. Isabela apretó con fuerza el borde de su bolso, los nudillos blancos, mientras las miradas de la alta sociedad se posaban sobre su silueta esbelta y su vestido negro de corte impecable. Se sentía como un extraño disfraz en un juego donde las reglas las escribían otros.

—¿De verdad tienes que venir así? —su voz salió al fin, quebrada bajo la máscara de seguridad. Leonardo estaba a su lado, un frío vendaval que despertaba una tormenta interna imposible de ignorar—. Sabes que no pertenezco a este mundo.

Leonardo ladeó apenas la cabeza, con esa sonrisa torcida que siempre lograba sacarle de quicio. Sus ojos oscuros la escrutaban, buscando fisuras.

—Nadie te obligó a entrar, Isabela —respondió con una voz que era más amenaza que sugerencia—. Pero si quieres que esto funcione, necesitas mostrar que puedes jugar bajo las mismas reglas. Aquí, las debilidades se pagan caro.

Un escalofrío le recorrió la espalda. No era solo la temperatura en la sala, era el peso opresivo de cada palabra que él pronunciaba. Se giró para mirar un grupo de ejecutivos que discutía en voz baja, sus figuras entrelazadas en una coreografía de poder y corrupción sutil.

—¿Y qué gana mi familia con esto? ¿Solo convertirnos en piezas de tu ajedrez? —susurró, sintiendo cómo la mandíbula se le tensaba.

Leonardo desvió la vista, pero solo un segundo. —No confundas los hechos con los sentimientos, Isabela. Esto no es un juego de amor. Es una alianza forzada.

Ella frunció el ceño, ese pequeño gesto que cualquier compañero de escuela reconocerían como el signo de una batalla ganada en el frente personal. Pero en su interior, un torbellino giraba sin descanso. La verdad se escondía bajo capas de hipocresía, como el perfume caro que enmascara un cuerpo fatigado.

El eco de unos tacones resonó a su derecha. Marta, la asistente personal de Leonardo, apareció con una bandeja de canapés, sus ojos escudriñando la escena. Sin mediar palabra, le entregó una copa de champán a Isabela y desapareció tan rápido como llegó.

El líquido frío besó sus labios, dejándole un sabor amargo que nada tenía que ver con la bebida. En ese instante, ellos no eran apenas una pareja pactada, sino dos supervivientes en una jaula dorada, atrapados en un intercambio de miradas que podían tanto herir como salvar.

Escuchó un murmullo detrás de una columna. Volvió la cabeza y detectó una figura encapuchada, un hombre con una cámara pequeña que parecía deslizarse entre los convidados con la habilidad de un fantasma. ¿Quién lo había enviado? ¿Qué buscaba?

Leonardo también la observaba, pero sin darse cuenta de la amenaza oculta.

—¿Vamos? —su voz salió como un susurro firme, apuntando hacia la pista de baile—. Necesitamos mostrar unidad frente a nuestros invitados.

Isabela asintió, escondiendo sus dudas detrás de una sonrisa impenetrable. Dio un paso hacia él, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor de guerra. No era solo un acto ante la sociedad; era la primera de muchas batallas que tendrían que librar juntos.

Mientras giraban entre la multitud, las luces se plegaron en un juego de sombras que parecían querer devorarlos. Leonardo deslizó suavemente su mano sobre la cintura de Isabela, un contacto que dejaba más preguntas que respuestas. Ella no sabía si era protección o posesión, pero no tuvo tiempo de pensar en ello.

La conversación con los peces gordos del sector fue un desfile de palabras cuidadosamente calculadas, promesas disfrazadas y sonrisas que escondían puñales. En cada intercambio, Isabela se daba cuenta de cuánto le exigían sin concederle espacio para respirar.

Fue entonces cuando el hombre de la cámara hizo su movimiento. En un rincón semioculto, captó la conversación privada entre Leonardo e Isabela, donde las barreras caían por un instante y la tensión explotaba en un cruce de confesiones reprimidas y advertencias veladas.

—No juegues con fuego, Isabela —le dijo Leonardo, su voz baja pero afilada, casi quebrada—. La línea que cruzamos esta noche podría decidirlo todo. Y no estoy seguro de estar dispuesto a perder más.

Ella lo miró fijamente, sus ojos brillando con una mezcla de desafío y vulnerabilidad.

—¿Y qué pasa si yo ya no tengo miedo de quemarme?

El clic apenas audible de la cámara rompió el hechizo.

Isabela giró violentamente, buscando al responsable, pero solo encontró rostros indiferentes y risas lejanas.

Leonardo tensó la mandíbula, consciente de que aquel instante capturado sería el detonante de una tormenta aún mayor.

La gala continuó, impasible a las corrientes ocultas que comenzaban a zarandear sus vidas.

Pero en los rincones más oscuros del Gran Salón, una amenaza silenciosa acababa de despertar.