Chapter 2
El eco del golpe reverberó en sus oídos mucho después de que la puerta se cerrara con firmeza. Isabela permaneció inmóvil, con el pulso desbocado, sintiendo el frío del suelo bajo sus pies desnudos como un ancla que la ataba al presente incómodo y punzante. La oscuridad del despacho se cernía sobre ella como un abismo insalvable.
Sus manos, aún temblorosas, apretaron el borde del escritorio de caoba pulido, fingiendo que esa solidez podría brindarle algún tipo de sostén emocional. La luz tenue que filtraba desde la lámpara de escritorio proyectaba sombras caprichosas sobre las paredes, pero ningún refugio posible.
Respiró hondo, intentando dominar el torbellino de pensamientos que amenazaba con desbordar su frágil compostura. El silencio, ahora espeso y ceremonial, fue quebrado por el sonido inevitable de pasos que se acercaban con una determinación glacial, cada pisada calzando tacones que punzaban el suelo con precisión.
Leonardo Ríos apareció en el marco de la puerta, su figura imponente como un huracán contenido. Su chaqueta negra rozó el marco metálico al entrar, y su mirada, afilada y fría, se posó en ella con un filo que cortaba cualquier atisbo de duda.
—Isabela —dijo con una voz profunda, cargada de autoridad—. A pesar del contrato que firmaste, parece que no tienes claro lo que eso significa.
Ella alzó la barbilla, contraatacando con el fuego que quemaba en su interior. El contrato era una sentencia, sí, pero no una condena eterna.
—Si lo que quieres es que juguemos a estas repetidas escenas de poder y sumisión, olvídalo —respondió, su voz firme pero cargada de un temblor que ella misma no podía ocultar—. No estoy aquí para ser tu prisionera.
La expresión de Leonardo se frunció, como si la simple idea de que ella pudiera desafiarle fuera un reto que no estaba dispuesto a aceptar. Dio un paso adelante, reduciendo la escasa distancia que los separaba, y sus ojos negro azabache brillaron bajo la luz mortecina.
—Este matrimonio no es un espectáculo para satisfacer tus caprichos ni para rearmar tu orgullo roto —replicó él, acercando una mano al dossier que reposaba sobre la mesa—. Es un acuerdo de supervivencia. Nuestra supervivencia.
Isabela tragó saliva, sintiendo que cada palabra encontraba un eco amargo en su pecho. Sobrevivir. Tres palabras con el peso de un destino de hierro, pero también con el misterio de un porvenir aún no escrito.
—Entonces dime, Leonardo, ¿qué esperas de mí? —preguntó, su voz ahora susurrante, clandestina—. Porque hasta ahora sólo sé que tú ganas y yo pierdo.
Una sombra cruzó el rostro de él, sorpresa reprimida y un atisbo de algo que Isabela no pudo identificar: quizás ansiedad, quizás una pizca de respeto disfrazado.
—Espero... —comenzó, pero su tono mutó de inmediato, volviéndose más calculador— una condición. Una que marcará que esto no sea simplemente un contrato vacío.
El silencio cayó como una losa. Isabela sintió que su respiración se agitaba, que la tensión se incrementaba hasta un límite insoportable.
Leonardo clavó en ella esos ojos que parecían perforar el alma y pronunció con voz grave, como una sentencia arañada en piedra:
—Para que este matrimonio siga en pie, debes aceptar trabajar en mi compañía. No como una figura decorativa, sino como mi socia activa.
Las palabras resonaron en el despacho con un peso que aplastaba toda esperanza.
Isabela parpadeó, atónita, mientras la realidad se fragmentaba en mil pedazos. No sólo se casaba con un hombre que veía como rival. Ahora, además, debía infiltrarse en su mundo, frágil y despiadado a la vez.
La unidad que creía un escudo podía convertirse en su mayor campo de batalla.
Un leve ruido al otro lado de la puerta les recordó que estaban expuestos, vigilados, atrapados en un juego mucho más grande que ellos mismos.
Leonardo esperó su respuesta con la misma impasibilidad con la que el destino espera el momento para desatar la tormenta.
El corazón de Isabela latió con furia, consciente de que esta condición no sólo sellaba un matrimonio, sino también toda su existencia.
Y el verdadero desafío apenas comenzaba.