Chapter 7
El pulso le latía en las sienes mientras aferraba el documento arrugado, sus dedos temblorosos apenas lograban contener la adrenalina que la invadía. Martín se detuvo unos pasos delante de ella, con la mirada gélida que quemaba más que un incendio. La habitación parecía respirar con ellos: cada segundo se espesaba con la amenaza no dicha, un temblor silencioso en el aire que los separaba y unía a la vez.
—¿Vas a entregármelo? —su voz mordía el silencio, baja y peligrosa, como un filo que se descarrilaba.
Isabela levantó la cabeza, y los ojos de Martín se clavaron en los suyos; había algo en esa mirada, una mezcla venenosa de triunfo y un pasado que esperaba devorar el presente. No podía permitir que la intuición la traicionara, que el miedo la paralizara, sin embargo la ansiedad le apretaba las costillas, como una jaula invisible.
—No entregaré nada —dijo con voz firme, más para sí misma que para él—. No te daré el poder de destruir lo que aún me queda.
Martín esbozó una sonrisa fina, cruel, y dio un paso hacia ella, rozándola con el aire caliente de su intención.
—Entonces, Isabela... preparémonos para la guerra.
Antes de que la tensión explotara, el sonido de su teléfono vibrando interrumpió el momento, áspero y urgente. Ella se apartó de un salto, como si fuera a perder el equilibrio, y vio la pantalla iluminada: Leonardo Salazar.
Isabela se dejó caer en el sofá, el cuerpo aún temblando. Contestó con la esperanza de que su voz no delatara la tormenta interna que se desataba.
—Isabela, necesito verte. Hay un evento esta noche. Importante para la alianza. Tu presencia no es negociable.
El nombre de Leonardo era un ancla en ese mar agitado, aunque la idea de presentarse juntos bajo la misma máscara casi le provocaba náuseas. ¿Aliados o piezas en un tablero cruel?
—¿Dónde? —preguntó tímidamente.
—El Grand Hotel. A las nueve. Tienes que ir. Por nuestro futuro.
Cerró los ojos un instante, aspirando profundo el aire frío que entraba por la ventana. Sabía que aceptar era firmar un pacto invisible; esa invitación era más que un evento social: era la siguiente jugada y quizá, el primer paso hacia una trampa oculta.
*
A las nueve exactas, el portón de hierro del Grand Hotel se abrió ante una limusina negra que deslizaba su cuerpo elegante sobre la alfombra roja. Isabela bajó con la falda perfectamente almidonada, el cabello recogido en un moño tenso que no alcanzaba a calmar el torbellino bajo su piel.
La entrada brillaba con un brillo de cristal y perfumes caros, las luces reflejaban en los espejos altos y todo olía a éxito y poder. Leonardo la recibió con una sonrisa controlada, su mirada profunda recorriéndola como si quisiera memorizar cada detalle para el fuego que se avecinaba.
—Bienvenida a la batalla, Isabela.
Ella intentó devolver la sonrisa, pero una sombra cruzó su rostro. El evento era un hervidero de susurros y trajes de etiqueta, risas altas y miradas calculadoras entre copas de champaña. Dragones disfrazados de peces dorados.
Los camareros desfilaban con bandejas de bocados exquisitos; una música baja y elegante pulsaba en el fondo. Ninguno de esos rostros le era familiar, salvo algunos invitados cuyos nombres se mezclaban con rumores de corrupción y alianzas secretas.
—Este evento... es donde se consolidan los verdaderos acuerdos —explicó Leonardo, tomando su brazo con una ligereza que escondía años de dominio—. Necesito que estés atenta. Hay ojos en todas partes, y no todos llevan sonrisas.
Isabela sintió que alguien la observaba. Giró la cabeza discretamente, su mirada buscando entre las pestañas de la multitud hasta detenerse en una figura que recortaba su silueta cerca del fondo del salón. Un hombre con gabardina oscura y sombrero, difícil de identificar pero demasiado familiar.
El corazón le dio un vuelco que amagó con salir por su garganta. Su presencia era como un latido imprevisto en medio de una sinfonía tensa.
*
Minutos después, mientras Leonardo se perdía en conversaciones con empresarios y políticos, Isabela navegaba entre grupos, tratando de no demostrar el nerviosismo que le chorreaba la piel.
Un leve choque la sobresaltó. Al girar, encontró al hombre de la gabardina a pocos centímetros.
—Nunca esperaba verte aquí —susurró una voz que le recorría la piel con un frío atroz.
—¿Qué haces aquí, Martín? —la tensión la levantó en olas, golpeándola con fuerza.
Él sonrió, cruel y certero.
—Esto apenas comienza, Isabela. Y tú eres la estrella involuntaria.
Ella trató de alejarse, pero una mano firme la sujetó del brazo. Leonardo apareció detrás de ella, una sombra protectora.
—¿Problemas? —preguntó con voz seca, mirando a Martín como se mira a un viejo enemigo.
Martín respondió levantando una ceja desafiante.
—Sólo saludé. Pero me gusta tu estilo, Leonardo. Este juego se va a poner interesante.
Isabela sintió que el mundo se estrechaba a un solo punto: la pelea no era sólo por contratos o dinero, era la guerra en su núcleo más oscuro. El secreto que guardaba, la deuda que amenazaba a su familia, todo eso estaba a punto de estallar en una arena todavía más letal.
Entonces, otro movimiento en el salón llamó la atención: una mujer elegante, con ojos inquisidores, se dirigía hacia ellos con paso decididamente no amistoso.
La velada estaba lejos de terminar, y la noche apenas comenzaba a revelar sus cartas.
Un portazo seco resonó tras ellos y la voz de la mujer cortó el aire.
—Isabela Méndez. Nos conocemos mucho más de lo que crees.
El silencio cayó como un telón afilado, y entre los murmullos, el peligro se acercaba con una sonrisa afilada.