NoveliqaAlianza en Silencio: Contrato con el Millonario / Secretos familiares :0%
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Chapter 6

Secretos familiares

El silencio se colgaba pesado en la habitación, como una manta opresiva que ella no podía quitarse de encima. Isabela se quedó inmóvil, la taza de café olvidada entre las manos, la madera fría del escritorio parecía absorber su calor, igual que esas palabras que Martín había dejado caer, tan afiladas que dolían en la piel: no era un matrimonio de conveniencia, era una trampa.

El reloj en la pared marcaba segundos que se sentían como minutos, como horas. Cada tictac era un recordatorio brutal de que esa alianza que prometían construir era un abismo.

Cerró los ojos por un instante, intentando encontrar un resquicio de calma, pero sólo la percibió crecer, extendiéndose como una sombra bajo su piel. La deuda. La culpa. La necesidad de proteger a su familia de ese monstruo invisible que los devoraba poco a poco.

Se levantó de la silla sin mirar atrás, sus pasos resonaban firmes, dictando un camino claro: debía buscar respuestas. No podía quedarse paralizada con esas dudas retorciéndose en su pecho.

Las luces tenues de la biblioteca familiar parecían parpadear cuando entró. La casa, su refugio y su prisión a la vez, guardaba más secretos de los que imaginaba. En la mesa detrás del sofá, el viejo portafolio de cuero estaba abierto, todavía con documentos dispersos según la última tormenta de ocupaciones que la había consumido.

Isabela se acercó, deslizando los dedos por los papeles, dejando que la textura del papel antiguo la conectara con una realidad que se estaba resquebrajando. Facturas, recibos, contratos... pero algo no encajaba.

Su vista se detuvo en un documento con el sello de la empresa de la familia. Era un informe financiero, pero no uno cualquiera: el estado de las cuentas del último trimestre, firmado por el contador encargado. Su corazón dio un vuelco cuando leyó la cifra en rojo, mucho más alta de lo que recordaba. Y algo más, una firma borrosa, casi ilegible, pero familiar.

El sudor le enfrió la espalda. No podía ser cierto. Su padre, siempre tan estricto con la honestidad, ¿habría caído en la trampa del fraude?

Con manos que ya no le obedecían del todo, sacó otro paquete de papeles, esta vez con anotaciones a mano, cifradas y fechadas en los últimos meses. Navegó entre ellas, cada línea escrita parecía susurrar una mentira oculta.

Un eco lejano de voces, un susurro en su memoria: “...la familia no puede permitirse más errores”.

Isabela se mordió el labio inferior, la presión en su pecho subiendo como una ola que amenazaba con ahogarla.

El teléfono vibró sobre la mesa, pero evitó mirarlo. No podía distraerse ahora. Debía saber más.

Repasó de nuevo el documento crucial. Una transferencia bancaria, un pago desviado a una cuenta desconocida. Una mueca de ira y desesperación se dibujó en su rostro. Ese no era un movimiento accidental, era calculado.

Algo o alguien estaba manipulando las cuentas desde adentro.

La idea la aterraba más que cualquier amenaza externa. Porque si su propia familia estaba implicada, ¿cómo podría protegerlos sin desgarrarlos?

De repente, una página sobresalió de entre los papeles. Era un contrato firmado. Pero no por ella. Ni por su padre.

Por ella, sí. Su nombre escrito en tinta negra, con la fecha apenas unas semanas atrás. ¿Cómo podía ser algo firmado con su nombre?

Con la garganta seca, la leyó en voz baja, casi temblando:

“Autorización para delegar poderes especiales y confidenciales…”

Su pulso se aceleró. Eso no podía estar ahí sin su consentimiento. ¿Alguien había falsificado su firma? Pero, ¿para qué?

Antes de que pudiera reaccionar, un ruido seco la hizo saltar. Alguien había entrado en la biblioteca.

—Isabela… —la voz grave la atravesó como un disparo. Martín estaba en el umbral, su mirada filtrando la oscuridad con una mezcla peligrosa de triunfo y algo que ella no pudo identificar.

Ella cerró el documento con un golpe seco.

—¿Cuánto sabes? —su voz afilada se levantó en desafío.

Martín dio un paso dentro, sus ojos prendiendo en los suyos.

—Suficiente para saber que nada es lo que parece.

El aire entre ellos se cortó, cargado de secretos a punto de estallar.

Y en ese instante, el teléfono sonó de nuevo. Pero esta vez, Isabela no tuvo dudas; agarró el documento con fuerza mientras Martín avanzaba, y supo que la verdad que buscaba estaba a un solo paso... o a un peligroso abismo de distancia.