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NoveliqaSecretos en la Mansión del Silencio / Regreso a la Mansión :0%
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第{{num}}話 1

Regreso a la Mansión

Capítulo 1: Regreso a la Mansión

El eco de las ruedas del taxi contra el empedrado resonaba en la quietud de la noche, como un tambor marcando cada latido agitado en el pecho de Amelia De la Vega. Afuera, la mansión emergía entre las sombras, una mole de piedra y hierro que parecía absorber la luz, imprimiendo sombras que trepaban por las paredes con garras invisibles.

El aire estaba cargado: un frío cortante se colaba por la rendija de la ventana, mezclándose con el olor a humo de chimenea y madera vieja. La familiar aroma ambarino de los libros antiguos y el incienso —que su tía solía encender las tardes de domingo— le golpearon de golpe. Todo eso parecía intacto, congelado en un tiempo que la había dejado atrás.

Amelia bajó del taxi antes de que éste arrancara, sus tacones resonando como disparos en la solitaria entrada. Sus ojos, oscuros y tensos, se clavaron en la verja que poco antes custodiaba sus privilegios y que ahora se alzaba como una barrera contra su llegada. Cada paso puntilloso hacia la puerta principal era un crujido inocente que delataba su presencia.

“Señorita De la Vega…” La voz desafiante del portero la interrumpió antes de que siquiera alcanzara el timbre. Su ceño fruncido multiplicaba la sombra bajo su boca enjuta. “Debe saber que la casa no recibe visitas. Sobre todo de usted.”

El corazón de Amelia se apretó con violencia. No sólo regresaba con el peso de la muerte de su tío, sino que parecía también traer la tormenta encima.

“Olvida ese juego, Héctor,” espetó con una voz que intentó sonar más firme de lo que se sentía. “Estoy aquí porque necesito respuestas. Y porque nadie más puede reclamar lo que es mío.”

Junto a ella, el portero carraspeó, un sonido áspero y lleno de reproche. Pero justo cuando el candado de sus palabras pendía en la tensión, la puerta se abrió de golpe. Ignacio Salazar apareció en el umbral, su silueta recortada contra la luz cálida e invitante de la mansión. Sus ojos eran dos círculos oscuros, esculpidos con frialdad.

—Amelia —su voz era baja, controlada, pero cada palabra cortaba como un cuchillo—. Nadie más que yo está autorizado para estar aquí. La mansión está en manos de la empresa ahora, no de fantasmas del pasado.

Ella lo miró fijamente, reconociendo en ese instante al enemigo que siempre estuvo allí, disfrazado de aliado.

—¿Empresa? ¿Y qué hay del hombre que me dejó todo? ¿O acaso quieres ocultar algo más que tus cálculos financieros? —su voz se quebró, pero se obligó a mantenerse firme.

Ignacio esbozó una sonrisa sin alegría, un reptil que muestra los colmillos ocultando las verdaderas intenciones. Detrás de él, sombras se arremolinaban entre los pasillos ornados, susurros que parecían aceptar la batalla silenciosa que comenzaba.

Camino al vestíbulo, las miradas furtivas se clavaban en ella como puñales invisibles. Los sirvientes, los familiares presentes, todos parecían medir su pecado con el simple hecho de estar ahí.

Su amiga de la infancia, Lucía, apareció a su lado en un susurro apenas audible:

—No confíes en nadie aquí. Todo el mundo tiene algo que esconder.

Amelia asintió, sintiendo que el peso de la soledad se doblaba, como una jaula invisible cerrándose a su alrededor.

Repasó mentalmente aquel día fatídico. Las risas ahogadas en el comedor, las copas alzadas, las palabras contenidas bajo máscaras de civismo… y luego el estruendo del grito que nadie debería haber escuchado.

—¿Tú estuviste ahí la noche que murió tío Héctor? —preguntó con la voz apenas un suspiro.

Lucía la miró con los ojos llenos de miedo.

—Sí… pero no debí escucharlo. La pelea fue violenta. Palabras tan duras que rompieron todo, hasta las paredes.

Amelia apretó los puños. Ese sonido se repetía en su cabeza: el grito. Un fragmento de verdad que nadie más parecía querer admitir.

“¿Quién estaba ahí con él?” exigió.

Pero antes de que Lucía respondiera, un ruido sordo proveniente del piso superior las congeló. Alguien caminaba apresurado, con pasos que no pertenecían al silencio habitual de la noche.

En ese instante, la mirada de Amelia se tornó gélida. No era sólo una lucha por poder ni una disputa familiar. Había alguien en la mansión que sabía más de lo que decía. Alguien que había sido testigo.

Y entonces, como un susurro en la penumbra, un nombre apareció en sus labios:

—¿Quién escuchó la pelea?

Un golpe seco sacudió la puerta principal. Las miradas se dirigieron al umbral.

Amelia supo, sin duda alguna, que la noche apenas comenzaba.

---

¿Quién fue la persona que escuchó una pelea antes del asesinato?