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Capítulo 1
Despertar en un Mundo Desconocido
La primera vez que Eloy abrió los ojos, la oscuridad era un manto pesado, denso, como un mar sin fondo que lo arrastraba sin tregua. A su alrededor, la nada vibraba con un silencio opresivo, un vacío que pellizcaba sus sentidos con frío letal. No era un sueño; su cuerpo entero estuvo envuelto en la sensación de inexistencia, como si acabara de nacer en un lugar desprovisto de tiempo y espacio.
Su pecho latió con una ausencia brusca, un tambor errático que parecía insistir en recordarle que estaba… vivo. O renacido.
Cuando finalmente un destello brumoso rozó sus pupilas, Eloy se encontró tendido sobre un suelo extraño, frío, rugoso. El aire tenía un aroma indefinible, mezcla de tierra mojada y un leve dejo a metal quemado. Encapuchado por una capa raída, palpó sus manos, temblorosas, como si el simple contacto con la realidad fuese una novedad que aún debía dominar.
La penumbra se fue disipando lento, descubriendo una bóveda de piedra cubierta por musgo fosforescente que delineaba símbolos antiguos, olvidados por siglos, pero aún vivos a la luz que reverberaba suave. Los contornos del lugar se dibujaban con precisión: grandes columnas agrietadas que parecían sostener un cielo suspendido, columnas que murmuraban historias a quien supiera escucharlas.
Pero lo más inquietante fue el susurro que caló en su mente.
No era voz humana ni animal. Era un eco de memorias fragmentadas y voces ajenas, como un torrente de vidas ajenas intentando surgir entre sus pensamientos. Eloy apretó los puños; un dolor agudo subió por sus brazos, hasta el límite del aguante.
—¿Qué me está pasando? —su voz, quebrada y áspera, resonó en la caverna—. ¿Quién soy?
Antes que su mente pudiera responder, imágenes comenzaron a invadirlo sin permiso: destellos de rostros sin nombre, ciudades de techos flotantes y cielos incendiados, batallas que él no recordaba haber vivido. Todo dentro de él, como si no fuera solo su propio pasado el que lo habitara.
Respiró hondo, intentando ordenar ese caos mental. Pero fue inútil. Cada nuevo recuerdo le traía sensaciones viscosas: miedo, desesperación, rabia. Entonces, con brusquedad, Eloy comprendió que podía absorber esas memorias —no eran simples fragmentos, sino vidas enteras que se atravesaban en sus sentidos. Podía sentir la textura de cada emoción, el calor de cada herida, el peso de cada derrota como si hubieran sido suyas.
“Eso… es un poder”. Susurró para sí.
Un don prohibido, un poder que la historia misma había arrancado de las manos de los hombres. Porque absorber memorias no era sólo arrebatar secretos, sino devorar almas. Y quien lo dominara podía alterar el tejido del destino.
Eloy se incorporó con dificultad, sus músculos dormidos cediendo al esfuerzo. El mundo a su alrededor empezó a tomar más forma. Más allá de la bóveda, un bosque lumínico se extendía. Los árboles titilaban como estrellas vivientes, y el viento traía murmullos incomprensibles, palabras antiguas que parecían advertirle que el tiempo no corría igual ahí.
Su instinto lo llevó hacia la salida como si el lugar —esa prisión sagrada— no fuera su verdadero hogar, sino un preludio.
El suelo húmedo se volvió firme al pisar afuera. Sobre sus labios, un suspiro cargado de incertidumbre y desarraigo.
¿Por qué él? ¿Por qué su alma había sido elegida para cargar una carga tan inmensa?
¿Quién lo había insertado en este mundo de sombras y enigmas?
Un ruido seco detrás suyo lo congeló: el choque metálico de una puerta al cerrarse con violencia. Eloy giró lentamente, el corazón palpitando con una ansiedad creciente.
Una figura oscura se recortaba contra la débil luz que se colaba desde el bosque.
—Ahí estás —dijo una voz profunda, fría, con un dejo de reconocimiento y amenaza—. Has despertado, finalmente.
Eloy sostuvo la mirada, sin saber que, en ese instante, su destino empezaba a ser escrito en tinta indeleble.
El poder prohibido lo había elegido. Pero la verdad que traía consigo podría destrozarlo… o convertirlo en la clave para derribar a Lord Ahron Veskel y su reinado de sombras.
—¿Quién eres? —preguntó, la voz temblando pero firme, preparado para lo inevitable.
La figura permaneció en silencio unos segundos eternos. Finalmente, dijo:
—Soy quien vigila el equilibrio que tú estás a punto de romper.
Un escalofrío recorrió a Eloy, como si una avalancha de secretos se precipitara sobre él.
¿Quién lo había despertado en ese mundo? ¿Y por qué su poder, tan raro y prohibido, lo había elegido a él?
Antes de que pudiera alzar la voz para pedir respuestas, un latido terrible y contundente retumbó en el aire: un pulso de energía invisible que hizo vibrar las piedras, como si el destino mismo estuviera lanzando su primer golpe.
Eloy supo entonces, sin duda, que su renacer era sólo el comienzo de una tormenta que nadie podría evitar.
Y que su alma estaba condenada a cargarse con un secreto mortal que podría cambiar el curso del tiempo y la realidad, para siempre.