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NoveliqaRenacido como Sombra del Imperio / El despertar de la Sombra :0%
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第{{num}}話 1

El despertar de la Sombra

Capítulo 1 El despertar de la Sombra

Un gemido rasgó la oscuridad, sordo pero intenso. La humedad del sótano se pegaba a la piel como un sudor frío, y el aliento de Dante Velásquez se arrastraba a su garganta con fuerza, como si cada bocanada de aire explotara en mil fragmentos invisibles bajo sus costillas. Sus párpados, pesados y resecos, se entreabrieron con el chirrido de un hierro oxidado: la tenue luz naranja que se colaba entre las tablas rotas del techo dibujaba sombras temblorosas sobre un rostro pálido, ajado por el tiempo… y la muerte.

Un hálito de vida pierna el cuerpo. Sus manos, huesudas, temblorosas, buscaron algo firme. El frío del suelo de concreto se filtró bajo sus dedos, y el sabor metálico de la sangre seca afloró en su lengua. No había ni rastro de la realidad que conocía. Nada salvo esta prisión olvidada, este olvido despiadado donde él reafirmaba lentamente su existencia.

—¿Dónde…? —su voz emergió quebrada, ronca, como un animal herido...

Un siseo oculto en sus pensamientos lo sobresaltó. Una fisura oscura, como un veneno que se esparcía bajo su piel. La sombra misma parecía reptar entre las arterias de su cuerpo, deslizarse grieta abajo a cada latido. Y con ella, un murmuro viejo, congelado en lo profundo.

"Soy la Sombra…", susurraba una voz tan antigua como el abismo, un eco velado que nadie más escucharía. "Tu oscuridad… tu poder… tu condena."

Los párpados de Dante se cerraron con violencia. Esa voz era un puñal —medio amenaza, medio beso mortal— clavado en su sien. Un fragmento de sí mismo que había ignorado, asesinado junto con el hombre que fue.

Pero ahora resurgía, más afilado, más hambriento.

Lentamente, su visión se fue adaptando a la tiniebla. Percibió los contornos torcidos de aquel lugar. Restos de escombros, graffiti que reclamaba territorios olvidados, y un hedor persistente a humedad y gasolina barata. La voz—su otra voz— se encendió un poco más en su mente.

“Renaciste en mí. No hay luz, Dante. Solo sombras.”

Inspiró, y sintió que el aire se cernía, pesado y denso como un pacto sellado en sangre. Intentó levantarse, pero su cuerpo, más frío que la muerte misma, protestó con un dolor ácido que se extendió como un incendio por cada músculo dormido.

Fue cuando una risa seca, apenas audible, filtrada entre las sombras, lo estremeció.

“¿Así que despertaste, viejo rey?”, murmuró una voz femenina, distante, siniestra. Era un susurro, un jugueteo con el filo del miedo. “El inframundo ha cambiado… y tú no eres más que un eco oxidado.”

Dante tragó, forzándose a no ceder al vértigo. Su mirada, más afilada que nunca, buscó entre la negrura, intentando descubrir la figura que osaba quebrar su silencio.

No había respuesta. Solo el silencio cargado de amenaza.

Los recuerdos vivos resucitaron en su mente como un torrente irrefrenable. La traición que terminó con todo: su reinado, su sangre, su alma. Y en medio, una mujer: Lucía Montoya. El nombre latía en su pecho como una herida abierta.

La ciudad, ese monstruo caótico con luces que cegaban y calles que devoraban, parecía susurrar promesas corruptas. El pulso de la urbe que nunca dormía se colaba por debajo de la puerta rota, un latido distante, un eco de caos que despertaba viejas rencillas.

Dante quiso gritar, pero sólo salió de sus labios un suspiro roto, extinguido como la última vela de una tumba olvidada.

Su piel se erizó cuando, en la penumbra al fondo del sótano, detectó una silueta. No se movía, pero lo observaba. Algo en esa mirada invisible lo atravesó como una daga invisible.

Un enfrentamiento sin palabras se instaló entre ambos. Una danza silenciosa donde promesas de venganza y amenazas no pronunciadas flotaban en el aire, más poderosas que cualquier balazo.

El reflejo de un arma yace en la penumbra, o tal vez fue sólo el parpadeo de su mente atormentada. Dante sintió cómo la sombra dentro de él crecía, reclamando su primera respiración desde hacía años.

Y justo cuando alzó la mano, dispuesto a probar la fuerza que aún le quedaba y a despertar al rey del inframundo, la figura desapareció.

Un murmullo helado quebró el silencio.

—No olvidarás quién manda aquí, Dante.

Un golpe seco resonó desde la puerta al otro lado de la habitación, y una presencia invisible dejó caer un suspiro cargado de maldad.

Él sabía que esta era sólo la primera página de una guerra profunda.

Una guerra que lo convertiría en… la Sombra del Imperio.

Desde las sombras más profundas— alguien vigilaba, invisible, implacable.

¿Quién era? ¿Aliado, enemigo, o algo peor? El eco de una mirada que atravesaba muros y resolvía destinos.

El silencio se quebró con un último susurro: —Bienvenido de nuevo, rey caído.

Y el súbito sonido de pasos apresurados descendiendo por las escaleras.

Dante levantó la cabeza. Su renacer había comenzado. Pero aún no sabía quién había marcado el inicio de su venganza.

La oscuridad se cerró, más densa que nunca. Y en la penumbra, la sombra esperaba.