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Capítulo 1: Encuentro Explosivo
La sala vibraba con un murmullo eléctrico, una corriente invisible que recorría los cuerpos vestidos de gala y tacones afilados. Luces tenues, reflejos dorados acariciando los vestidos de seda, y el aroma embriagador de perfume mezclado con el intenso olor a alcohol barato que se colaba entre los murmullos. Lucía Márquez se movía con la gracia tensa de quien está acostumbrada a actuar frente a ojos implacables, pero aquella noche, su traje de líneas minimalistas y colores sobrios no lograba ocultar la presión que comprimía su pecho.
Sus dedos rozaron el borde de la copa de champán, temblando apenas, mientras sus ojos se clavaban en la pasarela improvisada que iba a arrojar su talento a la hoguera o salvo despuntar. Los flashes explotaban tras el cristal de los teléfonos, las cámaras devoraban cada trazo, cada bordado, como si ese instante determinara un destino irreversible.
—Lucía Márquez —la voz se deslizó cerca de su oído, suave pero llena de filo—. Pensé que no te atreverías a aparecer.
La respiración de Lucía se congeló por un segundo. Giró con elegancia estudiada, y sus ojos se encontraron con los de Alejandro Ríos, esa mezcla peligrosa de arrogancia y sombra. La mandíbula cincelada, la mirada que arrastraba recuerdos no declarados y una sonrisa que no alcanzaba a esconder desprecio.
—Alejandro —respondió, con una voz que intentó domar el temblor oculto—. Siempre un placer que recuerdes mi nombre.
Él dio un paso adelante, sus zapatos de cuero resonando sobre el mármol como un eco de amenaza. La distancia entre ellos se acortaba, y el aire pareció espesarse, cargado con promesas rotas y vendettas no escritas.
—¿Esta gala? Un circo para vender ilusiones, ¿no? —su tono era un veneno envuelto en terciopelo—. Pero tú, Lucía, estás a punto de perder mucho más que una oportunidad.
El estómago de Lucía se retorció, las venas de sus sienes palpitaban con fuerza. Alejandro tenía nombres, secretos, un arsenal invisible dirigido solo a ella. Pero ella tenía su propio secreto, uno que podría derrumbar su mundo si salía a la luz.
—No sé a qué juegas, Alejandro. Pero no voy a dejar que destruyas lo que he construido —contestó, sintiendo cómo cada palabra clavaba un clavo en su propia conciencia.
Él sonrió, y en esa sonrisa habría jurado descubrir la sombra dilatada de un rencor personal, algo demasiado profundo para ser solo un juego empresarial.
—Eso está por verse, Lucía. Tu carrera, tu reputación... todo puede arder en el mismo fuego que enciendes esta noche. Y créeme, tus secretos no te salvarán.
Un golpe seco resonó al otro lado del salón. La atención de ambos se desvió instantáneamente hacia una figura que acababa de irrumpir en la sala: el organizador del evento, con un sobre blanco y una expresión que mezclaba nervios y urgencia.
Alejandro fijó una última mirada cortante sobre Lucía.
—Nos veremos en la pasarela. Y Lucia… no estás preparada para lo que viene.
Ella apretó la mandíbula, sus dedos encontraron un pequeño papel arrugado en su bolsillo, un mensaje anónimo que había recibido minutos antes: “Cuidado con Alejandro. Sabe demasiado.”
El murmullo de la gala se intensificaba, las luces parecían quemar con un brillo insoportable. Lucía sabía que la noche apenas comenzaba y que, en ese juego entre sombras y mentiras, no todo era lo que parecía.
¿Por qué Alejandro estaba tan obsesionado con hundir su carrera?
El sobre se deslizó lentamente en sus manos, sus ojos se clavaron en el sello roto, y una fría punzada recorrió su espalda.
La respuesta estaba ahí, enterrada entre promesas rotas y amenazas silenciosas.
La noche había puesto en marcha una guerra, y Lucía acababa de ser declarada su blanco.
El sonido del taconeo de Alejandro alejándose se disolvió entre la música y las risas forzadas. Pero un nombre resonaba con fuerza en su cabeza.
Alejandro Ríos.
Y una sola certeza retumbaba en su alma desvelada: aquella guerra no tenía vuelta atrás.