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NoveliqaEl Renacer del Genio Caído: La Venganza de Klandan / El Exilio del Prodigio :0%
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第{{num}}話 1

El Exilio del Prodigio

Capítulo 1: El Exilio del Prodigio

La lluvia golpeaba con furia el ventanal de la Sala de Convocatorias, o lo poco que ella conservaba de su grandiosidad en esos momentos. Klandan Elyr Voss permanecía erguido en el centro del círculo de mármol ennegrecido, rodeado por un jurado de magos de túnicas opulentas, cuyos ojos relampagueaban con desprecio y miedo disfrazados de justicia.

—¡Mentira! —escupió el Rector Arvid Thalor, su voz reverberando como un trueno seco, que destrozaba el silencio con la brutalidad de un mazo de guerra—. El arte arcano no se falsifica, y tú, Klandan, has profanado las leyes más sagradas de nuestra academia con tus trucos baratos y tus engaños.

El murmullo se deslizó como serpiente entre los asistentes. Los susurros crecían, asfixiantes, cargados de una mezcla venenosa de incredulidad y victoria. Klandan apenas contenía la furia que burbujeaba bajo su piel, esa descarga eléctrica hirviente que amenazaba con romperlo todo.

Sus ojos, dos brasas internas, buscaban una grieta, una confesión, un indicio que lo exculpara. Pero solo encontró rostros endurecidos, fríos como el hielo en una noche sin luna. La Sala parecía comprimida, una cámara de tortura disfrazada de tribunal.

—Exilio —sentenció Arvid, dejando escapar un aire de triunfo mal disimulado—. Se te destierra bajo el decreto 79.8. Que tu nombre se borre de los registros, y que nunca vuelvas a invocar un conjuro bajo pena de muerte.

Un golpe seco resonó cuando el mazo del Rector cayó sobre la mesa central. El estrépito reverberó dentro del pecho de Klandan, clavándose como un puñal retorcido.

Una chispa de magia estalló en sus dedos, quimérica y vibrante, queriendo alzar su espíritu, pero la desesperanza le cayó como una losa. Todo se desmoronaba. La voluntad, los años de rumor y estudio, la promesa de un futuro tallado en fuego y relámpagos… anulada por una mentira.

—Esto es injusto —susurró, mirando a sus manos con incredulidad—. Yo no fingí.

Una risa amarga escapó de Arvid, baje y llena de veneno.

—¿Injusticia? —repitió con cruel sorna—. Nadie piensa en ti, Klandan. Ni siquiera tú mismo. Te dejaste atrapar por la arrogancia y por querer ser más de lo que realmente eres.

El frío de la verdad apareció entonces, palpable, como un sudario helado que descendía lentamente para envolverlo todo. Desde el otro extremo de la Sala, vio a su antiguo maestro, el Sabio Veldran, deslizar un puñado de documentos hacia las manos de Arvid. Un pacto silencioso y mortal.

-¿Quién osó...? Su rostro se desencajó por un instante de indignación, pero no hubo respuesta.

—Acusaciones falsas —dijo un joven alumno, intentando defenderlo, pero su voz tembló y se perdió en el eco del rechazo.

Klandan guardó silencio, tragando la rabia que le anudaba la garganta, mientras se hacía a un lado, dejándose llevar hacia la puerta por los guardias del consejo.

Las escaleras de piedra parecían alargarse más con cada paso, llevando su destino hacia la nada. Afuera, el viento se colaba con fuerza entre las grietas de las murallas, agitando las capas en un vaivén de presagio.

Antes de perderse en la oscuridad del pasillo, escuchó una risa suave, apenas un suspiro casi imperceptible.

—No tardarás en descubrir que luchas contra sombras, Klandan —murmuró una voz seca, susurrante desde la penumbra—. Esto fue planeado mucho antes de que alzaras siquiera un dedo.

Sus ojos buscaron la figura oculta, pero no vio más que la península de sombras.

Su exilio no era un error. Era una sentencia dictada en la sombra, destinada a apagar el fuego del prodigio para siempre.

Pero las brasas aún ardían bajo la ceniza.

Atrás, la Sala de Convocatorias resonaba con la muerte de un destino. Frente a él, el oscuro sendero del renacer.

Un nuevo juego comenzaba. Y esta vez, Klandan no estaría tras las sombras. Sería la tormenta que las consumiera.

El eco de aquel susurro se clavó en su mente mientras descendía la escalera, desvaneciéndose en la lluvia fría que lo esperaba.

—Esto apenas comienza...

Un pergamino antiguo y arrugado cayó al suelo en la sombra que acababa de desaparecer. Sus palabras, bordadas con tinta invisible, esperaban el momento oportuno para revelarse.