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Capítulo 1: Despertar en el Día Infinito
La primera gota de lluvia se deslizó por el cristal empañado de la ventana, dejando un rastro fugaz antes de diluirse en el frío. Lucía Márquez abrió los ojos con la pesadez de quien despertara de un sueño olvidado, pero esa mañana la luz no prometía nada amable. Tenía la sensación extraña de que el aire se había detenido, como si el tiempo hubiese convocado un espejismo de silencio y suspensión. No recordaba cómo había llegado allí, ni qué hacía en ese apartamento modesto de la Ciudad Horizonte.
El reloj digital parpadeaba las 7:00 AM con una precisión milimétrica. Lucía giró la cabeza hacia el sonido mecánico del despertador, y todo a su alrededor parecía congelado en un eterno ciclo: la hoja doblada de un calendario marcando el 12 de abril. Un día cualquiera, o eso parecía.
Su cuerpo dolía en cada músculo, pero no era un cansancio normal. Era como si llevara décadas cargando un peso invisible, una carga que comprimiría el alma. Se sentó en el borde de la cama y sus manos temblaron al comprobar que sus dedos estaban fríos, la piel áspera. Intentó recordar: ¿Quién era? La mente le lanzaba fragmentos sueltos como si fueran destellos en una habitación oscura. La palabra “hermano” surgió fugitiva, pero sin imagen ni voz que la guiara.
El murmullo lejano de la ciudad filtrado entre la ventana le recordó la realidad: afuera, el mundo seguía girando, pero para ella, todo parecía detenerse en ese instante exacto, reiterado hasta el cansancio.
Lucía se levantó con dificultad. El suelo frío rozó sus pies descalzos y el parpadeo constante de la pantalla de un ordenador portátil en la mesa cercana iluminaron unos papeles dispersos. Al acercarse, leyó sin comprender del todo. Palabras como “bucle temporal”, “anomalía cuántica”, y “interferencia” se repetían en documentos que parecían sacados de un laboratorio secreto.
La puerta del apartamento chirrió súbitamente cuando la abrió para salir a la calle, y un viento helado la golpeó en el rostro. La metrópolis futurista despertaba en una mezcla caótica: rascacielos de cristales relucientes se elevaban hacia un cielo teñido de neón, mientras abajo, entre calles llenas de hologramas y anuncios, las zonas en ruinas susurraban historias viejas, como cicatrices vivas del tiempo fracturado.
Avanzó por una calle donde los transeúntes parecían figuras repetidas, sombras que pasaban con la misma prisa, las mismas expresiones, los mismos gestos. Cada rostro resonaba con un eco de familiaridad casi insoportable, como si estuviera atrapada en un replay de la realidad.
—¿Otra vez el mismo día? —La voz apenas un susurro quebró el aire, reflejada en los vidrios de un auto estacionado. Lucía giró buscando quién la había llamado, pero nadie estaba a la vista.
Un escalofrío recorrió su espalda, y una pulsión de urgencia le atravesó el pecho. Todo se repetía aquel 12 de abril, exactamente igual, día tras día, durante años. Pero ¿por qué?
Sus pasos la llevaron hacia la plaza central, donde una multitud inmóvil parecía congelada en un momento exacto: una niña lanzaba un globo rojo, un hombre leía un periódico que nunca cambiaba la portada, el mismo perro ladraba insistentemente a un poste oxidado.
Entre toda esa masa paralizada, un hombre se deslizó hacia ella con una sonrisa torcida, oscura y paciente.
—Lucía Márquez —dijo con una voz baja que retumbó en su cabeza—. ¿Creíste que podrías escapar de este loop? Damián Caldera siempre juega a reescribir la realidad... y nosotros solo somos peones.
Ella retrocedió, y el mundo entero pareció cerrar filas a su alrededor, atrapándola en una jaula invisible. Cerró los ojos buscando una salida, una respuesta que aún el frío de la mañana no le había entregado.
Y mientras la tormenta comenzaba a arremeter con fuerza fuera del horizonte, su mente gritaba en silencio: ¿por qué todo parece repetirse exactamente igual desde hace años?
Un sonido seco se escuchó detrás de ella. Un golpe sordo, un toque —una llamada— que resonó en sus oídos como el preludio de una revelación que sacudiría los cimientos mismos del tiempo.