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Capítulo 1: Un Acuerdo Sin Corazón
El aire en la sala de juntas del rascacielos Montenegro era denso, casi irrespirable. A través de los ventanales, la ciudad latía con su ritmo frenético, luces y sombras jugando un juego interminable entre calles y neones. Pero dentro, el único brillo era la fría determinación en los ojos de Elena Salazar.
Ella se quedó quieta, con el peso de generaciones grabado en sus hombros. El legado Salazar pendía de un hilo. Frente a ella, Alejandro Montenegro, impecable en su traje oscuro y con una sonrisa que nunca alcanzaba los ojos, extendía un documento.
—Esto —dijo sin levantar la voz— es la única forma de salvar Corporación Salazar. María renunciará, los bancos cederán, y los tribunales mirarán hacia otro lado.
Elena mordió su labio inferior, sintiendo cómo una corriente helada le recorría la espalda. La última vez que confiaron en promesas, una traición los había llevado hasta aquí.
—¿Casarme contigo? —su voz salió entrecortada, un hilo de incredulidad y rabia fusionados—. ¿Eso es lo que quieres? ¿Usar ese contrato para comprar lo que queda de mi familia?
Alejandro inclinó la cabeza, sus ojos reflejando la fría luz artificial de la habitación.
—No estoy aquí para enamorarte, Elena. Ni siquiera para prometerte un futuro feliz. Solo para salvar lo que debe salvarse.
El silencio se extendió como una niebla densa, cargada de palabras no dichas y heridas abiertas. Elena observó el papel que se ofrecía, la tinta negra dibujando cláusulas que podrían arrancarla del filo del abismo financiero. Su mirada recorrió, una a una, las condiciones: la unión matrimonial como un medio y no un fin.
—¿Y después? —preguntó, su voz calando como un cuchillo—. ¿Qué pasa cuando pierdo todo? ¿Mi nombre? ¿Mi dignidad?
Alejandro cruzó los brazos, el ceño fruncido apenas perceptible allí donde se ocultaba una salvaje necesidad de control.
—Después, recuperas tu empresa. Y yo, mi tranquilidad. Nada más.
Un golpe seco resonó cuando Elena deslizó la pluma sobre la mesa, lejos del contrato. Sus dedos temblaban, tensos y decididos.
—Yo no soy una mercancía para tu imperio —dijo, levantándose con la adrenalina como escudo contra la desesperación.
Alejandro se puso de pie al instante, su sombra alargada como un augurio en el piso pulido.
—Ni yo, una víctima de tus fantasmas —replicó, el tono mordaz, la sinceridad de su amenaza flotando en el aire—. Pero ninguno de los dos sobrevivirá si seguimos peleando en lugar de ceder.
Ella huyó, sus pasos resonando en el silencio que ahora los rodeaba. Sin embargo, sabía en lo profundo que el contrato no era solo papel. Era una jaula con puertas abiertas, una trampa para dos.
Horas más tarde, en la penumbra de su apartamento, Elena mordía la esquina del contrato. La ciudad seguía despertando alrededor como un monstruo incontrolable. Necesitaba respirar. Necesitaba decisiones.
Un mensaje llegó a su teléfono. Solo dos palabras: "Ven ahora."
Elena palideció. Pese a todo, volvió a la sala de juntas. Ahí estaba Alejandro, pero con una condición escrita que no esperaba.
—¿Por qué insistes en esta cláusula? —preguntó, la tensión a punto de desbordarse.
Él no respondió de inmediato. Solo deslizó el documento hacia ella.
“No firmaré sin esta garantía.”
El corazón de Elena se congeló.
¿Cómo podría aceptar un trato que le pedía no solo un matrimonio, sino un secreto que nadie más conocería? ¿Y cuál sería ese precio oculto que Alejandro exigía?
El mundo de ambos, ya fragmentado, estaba a punto de romperse en mil pedazos.
Un suspiro atrapado se convirtió en un latido apagado en sus oídos.
Y justo entonces, alguien llamó a la puerta.
Elena se quedó paralizada, los ojos clavados en aquel contrato que, de firmarse, cambiaría todo.
—¿Quién es? —su voz tembló y significó más de lo que quiso admitir.
Pero la puerta solo se abrió un poco. Y la sombra que apareció frente a ella ni siquiera necesitó palabras para espantar su alma.
El contrato tenía un último secreto.
Y el juego apenas comenzaba.