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NoveliqaContrato de Almas bajo la Luz del Imperio / Caída libre :0%
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第{{num}}話 1

Caída libre

El eco seco del clic resonó con cruel precisión en el despacho. Aída Romero permaneció paralizada por un instante, los ojos fijos en la fina tarjeta que su exjefe deslizaba sobre la mesa. Sus labios temblaban, la voz de aquel hombre tan formal y distante –tan contrario a lo que ella había confiado– se deshacía en un murmullo incomprensible; todo alrededor se volvió un océano de ruido ahogado: voces lejanas, el zumbido de la ciudad, un reloj marcando el tiempo irreparable.

—Tu contrato no será renovado —sentenció, sin levantar la vista.

El mundo de Aída se desplomó en ese preciso segundo. En el dobles vidriado de la oficina, el reflejo de su rostro descompuesto miraba con incredulidad. Aquellos ojos antes llenos de confianza ahora chispeaban con la fría punzada del miedo.

“¿Cómo le voy a explicar a mamá que no hay más dinero para la renta? ¿Y a los niños? ¿Y a Ignacio que sigue enfermo y necesita el tratamiento?”

El aire pesado y estancado se colaba por el resquicio de la ventana abierta. La brisa nocturna traía consigo el olor a combustible y desesperanza. En la calle, un grupo de jóvenes gritaba ajeno a las tormentas internas que arrasaban vidas en edificios acristalados. De repente, un temblor sacudió el cuerpo de Aída; se llevó las manos al estómago como si allí se anidara un puñal invisible.

—Aída —la voz mecánica de Rubén volvió a sonar—. Tienes quince días para recoger tus cosas.

No eran palabras. Era un ultimátum.

En la acera, los tacones de Aída resonaban como latidos acelerados. Había dejado atrás el edificio reluciente, corriendo sin rumbo. La lluvia tibia comenzó a caer, mezclando con desesperación el aroma a tierra mojada. No podía llorar. No podía desmoronarse. Tenía que ser fuerte. Tenía que protegerlos.

El auto estaba estacionado a un par de calles, su viejo sedán hecho jirones. Antes de abrir la puerta, la miró. Los cristales empañados impedían ver su rostro, pero adentro la guerra continuaba; su respiración temblorosa, el puño cerrándose con fuerza en el pecho.

—No me voy a rendir —se susurró, desvaneciéndose en la noche.

Las luces de neón y el bullicio urbano parecían un universo ajeno. Todo se sentía pequeño y distante, como si observase su propia vida desde la ventana de un tren que avanzaba demasiado rápido. Pero no había marcha atrás.

Llegó a casa con las uñas clavadas en el volante, jadeante, y se encontró con la mirada cansada de su madre aguardando en la sala. El silencio entre ellas fue un grito.

—¿Y ahora qué, mamá? —la voz de Aída estaba rota, casi un hilo.

Un suspiro profundo atravesó esa habitación humilde.

—Ahora, aguantar —respondió—. Como siempre lo hicimos.

Pero esa noche, en el estrecho apartamento, Aída no encontró el consuelo esperado. El sonido de la puerta cerrándose fue un corte seco. Desde el otro lado, Ignacio sorbía su nariz con un pañuelo, febril y callado.

Ella se sentó a su lado, la mano pequeña del niño temblando en la suya. La electricidad crujió en el aire; la amenaza del futuro sin trabajo, sin recursos, pendía como una espada sobre sus cabezas.

Una notificación vibró en su teléfono, un mensaje sin remitente:

“Nos interesa tu perfil. Pero hay condiciones. Nos vemos mañana, a las ocho. Edificio Mendoza. Oficina 27.”

El pulso de Aída se aceleró, una mezcla confusa de curiosidad y alarma la invadió. ¿Quién enviaría algo así? ¿Qué tipo de “condiciones”?

Abrió y cerró la app varias veces. No había más pistas.

La noche se volvió más fría; la luna parecía observadora cruel, expuesta. Cerró los ojos y una silueta apareció nítida en su mente: un hombre con ojos de acero y sonrisa afilada, dueño de un imperio intangible pero irrompible.

Su nombre atemorizaba a demasiados, pero ahora le estaba tendiendo la mano.

La pantalla iluminó su rostro sudoroso y cansado. La desesperación se mezcló con algo peligroso: una chispa de esperanza —o quizá una trampa.

“Contrato. Matrimonio. Almas.”

Aída apretó los dientes y alzó la mirada al techo, donde las sombras danzaban como avisos silenciados. ¿Qué estaba dispuesta a sacrificar?

Entonces, un ruido seco la sobresaltó. En la penumbra, su teléfono vibró con un nuevo mensaje: una foto que heló su sangre.

Era una habitación lujosa y fría, con dos copas de cristal y un sobre con su nombre.

¿Quién le había tendido esta trampa? ¿Por qué un desconocido magnate quería proponerle un matrimonio por contrato?

El silencio se partió con un golpe seco: alguien estaba tocando la puerta.