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NoveliqaContrato de un Amor Prohibido / Un destino sellado :0%
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Capítulo 1

Un destino sellado

La lluvia azotaba con furia los enormes ventanales del penthouse. Isabela Durán observaba cómo las gotas caían en cascada, distorsionando la vista de la ciudad iluminada. Todo parecía tan brillante, tan inalcanzable... y ella justo ahí, atrapada en un mundo de lujos que no eran suyos.

En la penumbra del estudio, su padre, don Mauricio Durán, permanecía inmóvil detrás del escritorio de caoba. La tensión en el aire era tan densa que Isabela sentía cada segundo como un golpe seco en el pecho.

—No me pidan esto —susurró ella, sin alzar la voz, para que fuera únicamente entre ellos—. Casarme con Alejandro Montes... ¿por qué debo ser yo?

Don Mauricio no la miraba. Su voz, firme y grave, solo podía traducirse como un mandato.

—No hay otra opción, Isabela. La empresa está al borde del colapso. El matrimonio sellará la alianza necesaria para salvar lo que hemos construido. No podemos permitirnos más fracasos.

Ella sintió cómo un nudo se formaba en la garganta y luego bajaba como un frío helado que le paralizaba el estómago. Si rechazaba, perdería todo: su familia, su futuro, incluso su nombre.

—Y él... ¿lo sabe? —inquirió, dejando escapar la pregunta que la atormentaba desde que escuchó el plan.

El silencio fue la respuesta.

—No —admitió don Mauricio, con una sombra de tristeza que crujió en su máscara de hombre frío—. Alejandro no sabe nada. Y debe ser así. Nuestro secreto, el que hemos ocultado durante años, debe mantenerse bajo llave.

Isabela desvió la mirada hacia la puerta, casi esperando ver cómo toda su vida se desmoronaba con un vuelco inesperado.

—No puedo vivir con una mentira —murmuró ella, casi para sí misma—. ¿Y si después me odia? ¿Si descubriera lo que oculto... y me alejara para siempre?

Don Mauricio finalmente se levantó, sus pasos resonaban con una autoridad incontestable.

—La verdad puede esperar. Ahora tu deber es más grande que tus temores. Alejandro es la llave para asegurar nuestro futuro. Harás esto por ellos, por mamá, por tu hermano... por todos.

Isabela tragó saliva, sintiendo las lágrimas quererse abrir paso bajo sus pestañas.

—¿Y qué hay de mí? —preguntó con voz quebrada—. ¿Dónde quedo yo en todo esto?

—No empieces con esas tonterías —respondió él, con un tono cortante—. En este juego, todos hacemos sacrificios. Y tú escogiste salvarnos en vez de ahogarte con la verdad.

De repente, el tintinear de un vaso al romperse en la habitación contigua la sacudió. Isabela se giró hacia la fuente del ruido.

—¿Alejandro? —inquirió con desconfianza.

Su asistente irrumpió en la habitación, con una carpeta en mano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—El señor Montes acaba de llegar y pregunta por usted. Quiere hablar antes de la firma.

Isabela tragó en seco. Aquella firma sellaría su destino.

—¿Sabe lo que firmará? —preguntó con un hilo de voz.

—Solo el contrato de matrimonio —respondió la asistente—. Pero... hubo un cambio inesperado en las cláusulas. Él insistió.

Don Mauricio frunció el ceño y dio un par de pasos hacia la puerta, como si quisiera interceptar el encuentro, pero Isabela alzó la mano para detenerlo.

—Lo haré. Quiero verlo.

En segundos, el ruido de pasos fuertes y seguros atravesó el pasillo. El silencio solo se rompía por el leve golpeteo de sus tacones contra el mármol.

Cuando Alejandro Montes apareció en la entrada, su presencia llenó la habitación como un huracán de magnetismo frío. Su traje oscuro se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel y sus ojos oscuros la leyeron al segundo.

—Isabela —dijo con una voz baja y cargada de intención—, escuché que hay cambios. Dime, ¿estás dispuesta a este pacto? ¿De verdad quieres casarte conmigo sin conocer absolutamente todo?

Ella sintió cómo un estremecimiento recorrió su columna vertebral. Era la primera vez que le hablaba sin máscaras ni formalidades. Algo en él desvelaba un peligro y una fascinación irresistible.

—No sé de qué cambios hablas —respondió ella—. Solo sé que esto es necesario para salvar a mi familia.

Alejandro se acercó, el ambiente se electrificó. Su mano se posó sobre la carpeta, y lentamente la abrió para revelar las páginas del contrato.

Sus ojos, intensos y escrutadores, se posaron en ella.

—Isabela... ¿y si te dijera que también estoy al borde del abismo? Que este matrimonio no es solo un negocio para mí, sino una jugada arriesgada contra fantasmas que quieren destruir mi imperio... y evitaré que eso suceda, con quien sea, incluso contigo.

El rostro de Isabela se tensó, comprendiendo en ese instante que aquel acuerdo era solo la punta del iceberg. Que detrás de su propia mentira se escondía un juego mayor, oscuro, peligroso.

Una parte de ella deseaba huir, pero otra, la más profunda, latía con fuerza.

El secreto que guardaba pendía de un hilo. ¿Y si Alejandro, ese hombre que parecía controlar todo, supiera antes de estampar su firma?

El sonido firme de un bolígrafo rozando el papel resonó en la habitación justo cuando un segundo golpe seco envolvió la puerta del estudio.

El corazón de Isabela se encogió.

—¿Quién está ahí? —preguntó Alejandro con rapidez.

Ninguno respondió.

Pero por un instante, ambos sintieron que esa puerta no solo custodiaba un espacio físico, sino todo lo que estaba por romperse.

Isabela apretó las manos, sintiendo que el destino se estaba sellando en ese mismo instante.