Capítulo 1
La lluvia empezaba a tapizar las ventanas del ático con un manto grisáceo, ocre, que el neón de la ciudad no lograba penetrar del todo. Lucía Fernández se quedó inmóvil, con la copa de vino tinto suspendida a medio camino entre sus dedos, el cristal frío contra su piel. El murmullo apagado del tráfico se colaba por la rendija del ventanal, mezclándose con el eco distante de risas y susurros que se escapaban del salón contiguo.
Cada trazo de su vestido satinado parecía una armadura que no pudo esquivar este encuentro inesperado. Nicolás Duarte estaba parado en el umbral, su figura recortada contra la luz dorada del pasillo, envuelto en un traje que parecía tallado para ejercer dominio. Sus ojos penetrantes, aquellos que habían arrastrado a tantos a la ruina sin mover un músculo de su rostro, ahora se concentraban exclusivamente en ella.
«Lucía...» su voz era un susurro pesado, como un aviso de tormenta. Él dio un paso adelante, la gravedad en sus movimientos vestida de elegancia tensa, y alzó la mano para rozar su mejilla como quien sostiene un destino.
Un escalofrío erizó la piel de su nuca. La memoria de noches sin fin, de sueños rotos en pedazos afilados, la amenazaba con regresar. Pero ella había jurado no mirar atrás.
—He venido por una razón —dijo, tan firme que el temblor en su voz quedó oculto en la profundidad de la frase.
Lucía empujó el vaso con delicadeza sobre la mesa, la superficie oscilando con un tintineo triste. —¿Qué quieres, Nicolás? —preguntó, aunque sabía que él no vendría a pedirle algo trivial.
Sus ojos se estrecharon, y entonces, en ese gesto casi imperceptible, la distancia entre ambos comenzó a acortarse, no con caricia, sino con peso.
—Un pacto, Lucía. Una alianza.
Ella arqueó una ceja, un destello de escepticismo mezclado con una chispa olvidada de curiosidad.
—¿Alianza? ¿Contigo?
Nicolás sonrió, pero no era una sonrisa de afecto. Era un filo de peligro, cargado de promesas no dichas.
—Un contrato de matrimonio.
Las palabras golpearon el aire con la fuerza de un trueno seco. Lucía sintió cómo el mundo vacilaba a su alrededor.
—¿Me estás proponiendo casamiento? —su voz era un hilo quebrado en la tormenta.
—No es un capricho, ni una declaración de amor. Es un acuerdo.
Lucía se refugió en el respaldo del sillón, buscando anclar la mente que intentaba huir hacia mil escenarios posibles. Un contrato con Nicolás Duarte no era solo un papel firmado: era un desafío con mil aristas ocultas, y quizá, una trampa disfrazada de salvación.
—¿Por qué yo? —la pregunta escapó sin ella poder contenerla.
Nicolás dio un paso más, el juego de sombras moldeaba su rostro en un lienzo de misterio y amenaza.
—Porque en tus ojos encuentro la llave de un pasado que necesito cerrar. Y tal vez, en ese cierre, encontremos ambos una salida.
El silencio que siguió fue pesado, denso, como si la lluvia se detuviera para escuchar.
Lucía sabía que, detrás del frío calculador de aquel hombre, había heridas profundas y secretos que podrían desgarrar más que piel. Y también, que aceptar significaba abrir puertas que no podía imaginar cerrar.
El timbre de la puerta resonó como un disparo.
Ambos miraron hacia el sonido, pero ninguno se movió.
¿Quién llamaba justo ahora?
El misterio se espesaba en la penumbra del ático, donde las sombras, el contrato y un corazón tembloroso comenzaban a entrelazarse en un peligroso juego.