Capítulo 1
Capítulo 1 — La Llegada de la Profecía
La luna llena colgaba pesada, como un ojo vigilante que todo lo veía desde lo alto del cielo. Sus haces plateados recorrían la espesura del bosque Lunarcrest, iluminando troncos milenarios y hojas que susurraban secretos ancestrales con cada brisa fría. En el claro más oculto, Kael Draven, Alfa de la manada, permanecía inmóvil, sintiendo cada pulso del suelo bajo sus pies y escuchando el latido silenciado de la noche.
Su cuerpo rígido, tenso como un arco a punto de romperse, absorbía la vibración tenue que crujía en la maleza. El aroma mezclado de humedad, tierra y musgo se enfrentaba al repentino perfume extraño que amenazaba con alterar el equilibrio nocturno. Un hálito suave pero persistente, como una sombra acechante dentro del aire mismo.
Kael entrecerró los ojos. No fue un instinto común: era un llamado, un eco profundo que resonaba en su esencia más primitiva. Su nariz captó la mezcla inequívoca de piel humana y algo más… algo salvaje, perturbador. En su vientre, una chispa de reconocimiento creció bajo una capa de incredulidad y deseo reprimido.
—Lira —murmuró con voz ronca y quebrada—. Has cruzado los límites de Lunarcrest.
La voz salió más baja de lo que esperaba, temblando, como si pronunciar ese nombre desatara una tormenta de emociones guardadas demasiado tiempo. Por años, el Alfa había sentido el vacío, la grieta que solo un Kader Eşi podía llenar.
El viento levantó una ráfaga helada, meciendo las ramas y haciendo bailar sombras errantes. Entonces, una figura apareció más allá del claro, entre el velo de neblina que se levantaba del suelo húmedo. Alta, de cabellos oscuros que parecían absorber la luz lunar, su silueta se movía con la precisión de quien sabe que no está sola. El corazón de Kael comenzó a golpear con fuerza, como provocando un ritmo frenético que retumbaba en sus oídos.
Ella levantó la vista, y sus ojos se encontraron bajo la bóveda luminiscente. Una conexión punzante y eléctrica recorrió el espacio entre ambos, como si las lunas mismas bajaran para presenciar ese instante destinado.
—Llegué porque escuché el llamado —susurró Lira, su voz suave pero firme, cargada de un magnetismo imposible de ignorar—. Mi destino me trajo hasta ti, Kael Draven.
Un estremecimiento recorrió la piel del Alfa. ¿Era esto cierto? ¿O sólo otra trampa tejida en las sombras por el enemigo que acechaba desde fuera? Su mirada se clavó en ella, buscando mentiras, secretos… cualquier indicio de traición.
Pero sólo encontró verdad.
Con cautela, Kael dio un paso adelante, el crujir de la hojarasca bajo sus botas resonando como un tambor que marcaba un cambio irrevocable.
—Eres la profecía que hemos esperado —dijo con voz áspera, sintiendo el peso de cada palabra—. Y si verdaderamente eres mi Kader Eşi, entonces debes saber que no todo es lo que parece en este bosque.
El aire se espesó, el silencio se volvió casi táctil, consumiendo el espacio entre ellos. En la distancia, un aullido lejano quebró la quietud, recordándoles el precio de la vulnerabilidad.
Lira desviaba la mirada por un instante, como si buscara el coraje que temblaba bajo su piel. Cuando la volvió a encontrar, sus ojos brillaban con una mezcla extraña de miedo y determinación.
—¿Quién me envió? —preguntó con voz quebrada—. ¿Y qué tierra he pisado?
Kael apretó la mandíbula. El rastro de traición era palpable, invisible pero mortal. La manada había sufrido demasiado. Y un viejo enemigo, Alden Vraem, acechaba en las sombras, esperando cada error, cada grieta para destruirlos.
Pero antes de que pudiera responder, un destello plateado cruzó el cielo y un susurro se deslizó entre los árboles, gélido y urgente.
—No todo es destino. A veces, el pasado muerde antes de que puedas respirar.
Un ruido seco resonó detrás de Kael. Giró con rapidez, los sentidos alertas, pero sólo encontró la sombra fugaz de un halcón nocturno.
Lira dio un paso atrás, recibiendo un golpe invisible en el pecho. Sus labios se entreabrieron, como si quisiera decir algo, pero el aliento faltaba.
Kael la observó, sintiendo una tormenta interna que se desataba. Su mano, temblorosa pero definitiva, buscó la suya, cerrando el círculo que el destino había comenzado a trazar aquella noche.
Pero la pregunta quedó suspendida en el aire, nítida y afilada:
¿Quién había enviado a Lira a cruzar esa frontera, y qué destino oscurecería la manada bajo la luna eterna?