Capítulo 1
Capítulo 1 Elian, el Exiliado
El frío mordía los huesos como cuchillas invisibles mientras Elian Draven caminaba por las calles desiertas de Neo-Kelvar. La neblina nocturna, oscura y viscosa, se deslizaba entre las estructuras metálicas, apagando cualquier destello limpio de la ciudad. Las luces de neón, habituales faros de esperanza para muchos, esta noche solo parecían manchar el aire con su resplandor enfermizo, sumergiendo la metrópolis en un mar de sombras y alambres rotos.
Un vendaval levantó un puñado de basura mojada justo frente a él; el hedor a óxido y humo de escape se le clavó en la garganta, despertando un reflejo desconcertante. Elian apretó los puños, sintiendo la piel quemarse bajo la tensión. Su respiración era irregular, punzante, como si cada inhalación le arañara el pecho. El reloj en su muñeca —una reliquia de su estatus pasado— marcaba la hora con un tic tac metálico, recordándole que el tiempo no era ya un lujo para él.
Había estado solo, abandonado, expulsado sin ceremonia ni aviso. La ciudad que le había forjado, que había jurado proteger, le había dado la espalda con la brutalidad de un arma cargada. Traicionado. Esa palabra reverberaba en su mente como un retumbar ensordecedor, burbujeante y venenoso.
Al doblar una esquina, Elian sintió la presión de los muros de metal y cables plagados de chantajes invisibles. Arriba, drones de vigilancia susurraban en la distancia, sus ojos escarlatas buscando rostros que ya no querían reconocer. No había lugar para él en esta jungla de concreto controlada por clanes mafiosos y corporaciones hambrientas. Ya no.
Su memoria le transportó a la sala oscura donde Darius Corven, su otrora aliado, había sonreído con frialdad asesina antes de darle la puñalada definitiva: la condena.
—Eres un obstáculo, Elian —había dicho Darius, su voz un filo de hielo—. Y los obstáculos… se eliminan.
El sagrado código que ambos juraron proteger se deshizo en cenizas. Y ahora, solo quedaba la soledad y el hambre de venganza.
El eco de pasos le sobresaltó. Miró rápido hacia un callejón cercano, donde sombras traslúcidas movían figuras encapuchadas. Nunca se fiaba, pero esta noche había aprendido a desconfiar hasta de su propia sombra. Aumentó el paso, las botas resonando contra el pavimento irregular, el sonido firme y rítmico como un tambor de guerra contra su propio destino.
De repente, una ráfaga de viento le lanzó contra una pequeña plataforma metálica. Del suelo, algo brilló. Elian se inclinó a recogerlo: un dispositivo minúsculo, una esfera metálica con símbolos grabados en una luz pulsante que parecía respirar con vida propia. La superficie emitía un calor tibio, contrastando con la gélida noche.
El báculo digital parecía un objeto ordinario perdido en la basura urbana, pero un latido extraño retumbó en su interior al tomarlo.
Sus dedos temblaron al posarlo en su palma. Una corriente invisible corrió a través de él, una chispa que abrió un silencio mortal en su mente, como si un código olvidado se activara desde lo más profundo. Un murmullo sordo, inconfundible, llenó sus pensamientos. Era la voz de algo antiguo, un sistema oculto enterrado bajo líneas de datos y memoria genética olvidada.
Los ojos de Elian se agrandaron. Su piel de gallina se subió mientras un peso insoportable caía sobre su pecho. Aquello... era la llave.
Un suspiro se negó a salir, atrapado entre la esperanza y el miedo. Sabía que ese poder —si lograba dominarlo— podía ser la diferencia entre la muerte y la revancha. Pero el precio sería alto. Siempre lo era.
Un ruido seco rompió la quietud: un disparo a lo lejos, seguido de una sirena lejana. Elian volteó, la esfera aún palpitando en su mano. En esa noche abisal, mientras las sombras se alargaban, supo una cosa: su exilio era solo el comienzo de una guerra contra el sistema que le había desterrado.
La única pregunta que cruzaba su mente entre los latidos profanos era…
—¿Qué pasaría si él sobrevivía para ascender?
El silencio de Neo-Kelvar se cerró de repente, como el telón de una función macabra. Y en ese instante, la esfera vibró con intensidad, liberando un destello azul que le cegó por un segundo.
Elian supo entonces que no estaba solo. Era el elegido del poder oculto. Y el juego apenas empezaba.
Un sonido grave resonó detrás de él, un golpe seco en el metal oxidado, y una voz desconocida murmuró desde la penumbra:
—No escaparás, exiliado…
Elian giró lentamente, la mano firme sobre el dispositivo que ahora era su último y más preciado aliado.
La noche se cerró, y la batalla inminente comenzó.