Kapitel 1
# Capítulo 1 ## Renacer en la oscuridad
El frío mordía hasta el hueso, pero no era una temperatura cualquiera. Era un frío que se sentía con cada recuerdo arrancado a la fuerza, con cada latido tambaleante de un corazón que se negaba a aceptar su condición. Ezra Kain abrió los ojos, sin saber si la realidad era una prisión o una tumba recién cavada.
La habitación estaba oscura, apenas un débil resplandor azul atravesaba la rendija de una persiana mal cerrada, dibujando líneas rectas y grotescas sobre las paredes desconchadas. La humedad impregnaba el aire con olor a moho y olvido. Su piel joven, demasiado suave y sin cicatrices, contrastaba con el terror sólido que le encadenaba el pecho. No había rastros de sus viejas armas, ni el peso familiar del acero frío agarrado firmemente en la mano.
El espejo roto colgado en un rincón reflejaba su figura, pero el hombre que veía no podía ser Ezra. ¿Dónde estaba el Rey de las Sombras? ¿Qué mierda le habían hecho?
Sus dedos tamborileaban una inquietud que crepitaba en cada nervio. Se incorporó con lentitud, sintiendo un mareo agudo como si el mundo entero dudara en sostenerlo. Cada músculo protestaba, extraño, desconocido. Le temblaron las manos al tocar la pared—un ladrillo frío, horadado en la parte superior por la humedad.
—No… no puede ser así —susurró con voz rasposa, quebrada por el tiempo perdido—. Yo era dueño del abismo… y ahora pierdo hasta mi reflejo.
Su mente era un laberinto oscuro. Retazos de sombra, destellos violentos de un pasado sangriento: gritos ahogados en callejones sin salida, pactos susurrados en clubes clandestinos repletos de humo y miradas letales; el trono empapado en la sangre de traidores y aliados caídos. Todo eso parecía un eco lejano, un murmullo apagado bajo toneladas de olvido.
Se tocó la sien, intentando aferrarse al hilo completamente roto que lo unía a sí mismo.
—¿Qué me hizo Valeria? —el nombre punzó como una daga bajo la piel—. ¿Por qué me arrancaron de mi reino para dejarme mendigando en esta cárcel olvidada?
El silencio respondía con golpes secos, vívidos como latidos.
Desde la ventana, la lluvia comenzó a golpear con furia renovada sobre el cristal roto. Las gotas trazaban caminos erráticos, un mapa líquido de su propia desesperación. Si el mundo seguía girando indiferente, Ezra debía renacer en esta oscuridad, aunque le costase la cordura.
Moviéndose con la cautela de un felino herido, recorrió la habitación con la vista, buscando algo. Una puerta oxidada, una grieta en el suelo, cualquier indicio.
Entonces, el leve crujido. Un sonido tan sutil que podía confundirse con una alucinación. Pero allí estaba: el roce de una sombra desplazándose con dedos invisibles.
Ezra se congeló. La piel se le erizó y la sangre comenzó a latir con violencia renovada. El instinto, esa herencia indómita de un rey caído, gritaba una advertencia clara como un disparo: estaba siendo observado.
Volteó la cabeza con rápidos movimientos, apuntando con ojos de fuego al rincón más oscuro de la habitación.
—¿Quién está ahí? —la voz enfurecida, petrificada—. No me escondo ni soy presa fácil.
El silencio devolvió algo peor que la nada: una sensación invisible, un aliento frío en la nuca.
Un par de ojos brillaron desde la oscuridad, pequeños destellos que distorsionaban la realidad y hacían temblar la línea entre amigo y enemigo. Una sonrisa torcida creció entre la penumbra, una sonrisa que prometía guerra.
Ezra tensó los músculos, sabiendo que en ese instante comenzaba su verdadero renacer. La sombra que lo vigilaba no era solo un espectador. Era la tormenta que desataría.
El Rey de las Sombras despertaba, y el inframundo empezaba a temblar.
Pero, ¿quién lo observaba desde las sombras mientras despertaba?
Un golpe seco resonó en la puerta, el único sonido que rompió el pulso tenso que se apoderó de la habitación.
Ezra tragó saliva, eterno, y se preparó para lo que viniera.