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NoveliqaEntre Acuerdos y Corazones Ocultos / Un Acuerdo Desesperado :0%
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Kapitel 1

Un Acuerdo Desesperado

Lucía Torres apretó con fuerza el teléfono contra su oído mientras el ruido de la ciudad se colaba por la ventana entreabierta. El viento que movía las cortinas apenas alcanzaba a disipar el calor húmedo que le quemaba la nuca. Al otro lado, la voz de su madre tenía un hilo de desesperación que se le clavaba como espinas en el pecho.

—Lucía, hija, no sé cuánto más podremos aguantar... —susurró con la garganta entrecortada—. Los prestamistas vienen cada semana. Si no pagamos el crédito, perderemos la casa... y entonces, no sé qué será de nosotros.

La joven abogada tragó saliva. Su mirada se perdió en la calle, donde un grupo de ejecutivos, impecablemente vestidos, cruzaba la acera con una mezcla de prisa y seguridad que parecía ajena a su mundo. Detrás de esa línea de zapatos caros y relojes de lujo, había un abismo que le devoraba cada centavo, cada oportunidad. Y sobre ella, la presión de rescatar a su familia, aún cuando su propio orgullo sangraba.

—Mamá, te prometo que encontraré una solución —respondió con voz firme, aunque internamente se le quebraba el alma—. No podemos rendirnos ahora.

Colgó y se quedó en silencio, sintiendo cómo los dedos temblaban. Un ruido sutil la sacó de su ensimismamiento: el zumbido de su laptop reclamándole atención. Su expediente más urgente —un caso de fraude corporativo que apenas le alcanzaba para pagar la renta— esperaba. Pero ella sabía que eso no sería suficiente.

Un correo electrónico apareció en la pantalla. El remitente: Alejandro Montoya. El nombre le hizo fruncir el ceño con mezcla de incredulidad y disgusto. ¿Qué podría querer el hombre más frío y poderoso de la ciudad con ella? Un mensaje con tan solo tres palabras: “¿Nos reunimos hoy?”.

Lucía arrugó la nariz. No era la reunión que había estado buscando, pero en ese momento cualquier puerta, por pequeña que fuera, parecía una cuerda salvavidas.

---

En el elegante despacho de Montoya Corporativo, las paredes de cristal reflejaban las luces parpadeantes de la ciudad que no dormía. Alejandro Montoya estaba sentado tras un escritorio amplio, su expresión imperceptible. No levantó la vista cuando Lucía entró.

—Gracias por venir —dijo, la voz tan fría como el mármol que cubría el suelo—. Sé que no por gusto.

Ella sintió un pinchazo, no solo por su tono sino por todo lo que esa frase implicaba. Aquel hombre tenía la reputación de ser un tiburón implacable, y ella, una mujer acorralada. Sin embargo, el orgullo la empujaba a no mostrar desesperación.

—¿Qué quiere de mí? —escupió, cruzando los brazos.

Alejandro se apoyó en el respaldo con una lentitud calculada. Sus ojos, oscuros y calmos, no vacilaron ni un segundo.

—Un matrimonio por contrato —anunció sin rodeos—. Tu familia está en deuda conmigo. Yo resolveré su problema. Tú, a cambio, me darás algo muy valioso: estabilidad.

“El frío destello en su mirada no prometía nada dulce, pero sí una oferta que no podía rechazar”, pensó Lucía mientras en su interior se desataba una tormenta.

—¿Estabilidad? —su voz era un filo de acero—. ¿Y qué gano yo con eso? ¿Ser solo un peón en tu juego?

Alejandro la miró con una mezcla de desafío y respeto.

—Ganas el tiempo para respirar, para reconstruir lo que está en ruinas. Y tal vez, alguien como tú aprende a jugar en mi tablero.

La frase le quemó el orgullo. Pero más quemaba la imagen de su madre llorando en la cocina, la mirada triste de su hermano menor. Su decisión estaba tomada, aunque ese abrupto trato le clavaba un puñal invisible en el corazón.

—Acepto —dijo al fin, con una voz serena que ocultaba un mar de tormentas internas—. Pero sepa que esto no es una rendición, es solo un pacto temporal.

Alejandro asintió y se inclinó ligeramente, como sellando un destino compartido. Su expresión seguía siendo impenetrable, pero su puño cerrado sobre la mesa delataba una tensión contenida que presagiaba días turbulentos.

—Mañana firmamos los papeles —indicó antes de que pudiera preguntarle más.

Lucía se levantó, conteniendo el temblor en las piernas, y al dar la espalda a aquella torre de cristal y ambición, sintió que con cada paso dejaba atrás una parte de sí misma.

Pero se preguntó en voz baja, casi inaudible para ella misma: ¿qué oculta realmente Alejandro detrás de esa frialdad que hiela incluso la luz del sol?