Kapitel 1
Las luces de la ciudad titilaban a través del ventanal, lanzando destellos de neón sobre el rostro pálido de Ana Sofía Martínez. El aroma viciado del whisky barato todavía impregnaba la habitación mientras ella se ajustaba la blusa, intentando que sus dedos temblorosos no fueran tan evidentes. Afuera, el tráfico rugía como un monstruo incesante.
—No es una ocurrencia cualquiera —dijo la voz grave frente a ella, un siseo cargado de intención y poder—. Es un contrato. Con todo lo que eso implica.
Ana no levantó la vista. Sus ojos se hundían en la mesa de cristal donde el documento yacía, frío y cortante, como la verdad que escondía. La tinta negra parecía absorber el peso del silencio entre ella y Leonardo Vidal, el hombre que ahora dictaba su destino.
León, con su chaqueta impecable y barba de tres días que le daba una sombra de peligro irresistible, cruzó los brazos. Sus pupilas, profundas y calculadoras, nunca parpadeaban. Había un muro invisible clavado entre ellos, tan frío y alto como la fortuna que él comandaba.
—Mi familia está al borde de la ruina —susurró Ana, apretando los dientes para que la voz no traicionara la tormenta que se deshacía adentro—. No me queda otra, León. Este matrimonio… lo salvará.
—¿Salvarás a tu familia o a ti misma, Ana? —su tono se deslizó como un filo—. Porque no puedo proteger a ambos.
Ella inhaló, sintiendo que el aire se le escurría como agua entre los dedos. Apenas quedaban meses, lo sabía. Los médicos le habían dado el diagnóstico antes de que siquiera tuviera tiempo para procesar la devastación: un cáncer que crecía implacable, robándole la vida a cada latido.
—No es solo un papel —continuó, rompiendo su propia barrera—. Firmando esto, me vendo por un precio. Pero lo haré. Por ellos.
El silencio se hizo más denso, como si las paredes mismas juzgaran su decisión. León dio un paso adelante, el eco de sus zapatos resonando en el piso de mármol. Se inclinó un poco, la luz fuerte marcando cada arruga de su semblante grave.
—No te ofrezco amor —confesó, con una sinceridad brutal—. No soy un salvador ni un príncipe. Soy un hombre de negocios con un imperio que proteger. Y un matrimonio sin confianza ni pasión es un pacto frágil... incluso para alguien como yo.
Ana levantó la mirada al fin, encontrándose con esos ojos casi oscuros que ni la enfermedad ni el cansancio lograban opacar. Allí había una advertencia, un desafío: ¿Estaba dispuesta a aceptar los términos, con todas las consecuencias que implicaba?
Su mano temblorosa alcanzó el bolígrafo. Cada músculo de su cuerpo gritaba que se detuviera, que huyera de esa trampa disfrazada de salvación. Pero en aquel instante solo podía pensar en su madre, en su hermano, en sus manos clamando por un futuro sin la sombra de la pobreza.
—Firmaré —dijo con voz firme, pese al vacío que se extendía en su pecho—. Pero que quede claro: no hay amor ni confianza en este contrato. Solo sobrevivencia.
León asintió, una sonrisa fugaz, casi imperceptible, asomando en sus labios. Extendiéndole el documento para que firmara, sus ojos destellaron una promesa casi cruel.
—¿Entonces?... ¿aceptas casarte conmigo sin amor ni confianza?
Ana rozó la punta del bolígrafo sobre el papel, sintiendo el peso inmutable de ese instante. El brillo del cristal se mezclaba con el latido acelerado de su corazón.
—Sí —murmuró—. Lo acepto.
Un golpe seco resonó en la puerta. Ambos retrocedieron, girando hacia la fuente del sonido, atentos, pero también sabiendo que nada ya sería igual.
La puerta se abrió lentamente.
La sombra que apareció en el umbral no era un visitante, era un presagio.
Y la cuenta regresiva había comenzado.