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NoveliqaAlianza en Silencio: Contrato con el Millonario / Un pacto desesperado :0%
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Kapitel 1

Un pacto desesperado

La lluvia golpeaba con rabia los ventanales de la pequeña oficina donde Isabela Méndez se aferraba al teléfono como si fuera un salvavidas. Afuera, la ciudad moderna y brillante parecía ajena a la tormenta que azotaba su alma.

—No puedo creerlo... —murmuró, con la voz tensa, mientras escuchaba las palabras del otro lado—. ¿Diez millones en una semana? ¿Quién... quién puede hacer eso?

La voz de su madre temblaba al otro lado de la línea, ecos de miedo y agotamiento comprimidos en un hilo casi invisible. Isabela sintió que el aire se le escapaba, como si una mano fría le apretara el pecho.

—Mamá, tranquila, voy a encontrar una solución —prometió, pero su propia duda se clavaba profunda como un puñal helado.

Colgó lentamente y, sin atreverse a mirar el correo que había dejado abierto en su laptop, cerró los ojos. Entre la maraña de cuentas, correos y contratos, un nombre resaltaba sin motivo aparente: Salazar Enterprises. Martín Salazar, un tiburón en los negocios que había aparecido de golpe, acechando cualquier rincón del imperio Salazar. Su nombre detonaba miedo en la voz de su madre, y curiosamente, una nueva esperanza retorcida en las palabras que acababa de escuchar.

Isabela se levantó, el piso frío se colaba por sus zapatos de tacón, y caminó hacia el ventanal. La ciudad brillaba imponente, con los rascacielos iluminados que parecían estatuas de hielo, convertidas en prisiones doradas de poder.

Entonces, la puerta del despacho se abrió sin anunciarse con discreción fuerte, y una sombra oscura se deslizó al interior.

—Señorita Méndez —saludó una voz profunda, cargada de seguridad y cierto desdén—. Espero no interrumpir.

Isabela giró el cuerpo, encontrándose con un hombre que parecía más un rey que un empresario. Vestía un traje impecable, negro como la noche que se colaba por la ventana, y sus ojos eran dos carbones en llamas, observando, analizando, desnudando la verdad hasta hacerla temblar.

—Leonardo Salazar —se presentó con una sonrisa que no alcanzaba sus labios por completo—. Sé que ha estado lidiando con... asuntos delicados.

Ella contuvo la respiración, su corazón protestando con golpes sordos contra las costillas, como si temiera que la mera presencia de ese hombre pudiera romper el frágil equilibrio en que se sostenía su mundo.

—No sé de qué habla —respondió con voz firme, pero la pregunta ardía en sus adentros—. ¿Quién es usted para venir en medio de esta tormenta?

Leonardo dio un paso al frente, el frío de la habitación se intensificó.

—Digamos que mis intereses... coinciden con los suyos, o al menos, podrían si estuviéramos dispuestos a colaborar —sus palabras eran cuchillas, cada una pesada de significado oculto.

Isabela quiso rebatir, pero una corazonada oscura le susurraba que, quizá, esa alianza peligrosa era su única tabla de salvación. Si cedía, si se abría a ese extraño que parecía cargar con el peso del mundo en sus hombros, podría negociar el futuro de su familia y proteger ese secreto que sólo ella conocía.

Leonardo estiró una carpeta sobre el escritorio, inspirado en movimientos milimétricos, precisos, mientras fijaba una mirada implacable en ella.

—Un matrimonio por contrato. Eso es lo que propongo. Entre usted y yo.

El silencio se volvió denso, pesado como la tormenta que rugía afuera. Isabela sintió un latido quebrarse en su pecho, el mundo oscilando vertiginosamente. El destino arrancaba un nuevo capítulo, trazado con líneas de vértigo y peligro.

—¿Está loca? —susurró con la garganta seca, sin poder reprimir la mezcla de horror y fascinación.

Leonardo dejó escapar una sonrisa sin alegría.

—Tal vez. O tal vez, simplemente es la única forma de ganar esta guerra.

Las gotas de lluvia seguían cayendo, insistentes, y el futuro se cerraba en un pacto silencioso, nacido de las sombras y la desesperación.

Isabela alzó la mirada, aceptando el desafío invisible que colgaba entre ambos, una cuerda floja que los balancearía entre la salvación y la ruina total.

—Hablemos, entonces —dijo con un filo de decisión que quemaba más que el miedo—. Pero sepa esto, Leonardo: no soy un peón más.

Él asintió, casi divertido.

—Ni yo un tirano cualquiera. Bienvenida al juego.

Y en ese instante, la puerta volvió a cerrarse tras ellos, dejando la ciudad y la noche como testigos mudos de un pacto que cambiaría todo para siempre.